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sábado, 27 de febrero de 2016

Shiroma: del Perú Okinawense a la Okinawa peruana


El cliché del latino desenfadado, representado como un vividor alegre y sin ocupaciones, se difundió en Japón de la mano de la prensa internacional apenas comenzada la modernización. Este estereotipo, que hemos visto hasta en los dibujos animados norteamericanos, superpuesto a la imagen que los okinawenses tienen de sí mismos es explotado al máximo para reprochar la descortesía y la falta de calidez de Japón. Okinawa y lo latino comparten ese intenso “sur” imaginario y marginal, acoplado a la marginalidad de lo latino en la América, y surge la colorida sombra de una Okinawa latina cargada de claro sentido político: no sólo le sale al encuentro a Japón, también le sale a los Estados Unidos, como colonia militar que sigue vigente. Dentro del mismo espacio reducido y envuelto de océano, la “Okinawa latina” y la “Okinawa norteamericana” se chocan en silencio.
La ciudad de Koza, en Okinawa, es célebre por ser la residencia de la mayor base militar norteamericana del Asia Oriental. Ese tal vez sea un dato más o menos conocido, pero además de eso, Koza es la ciudad donde Alberto Shiroma fue a visitar un día a sus parientes, fatigado por la penosa vida en Tokyo, donde trabajaba junto a otros dekasegui1 latinoamericanos, un hecho del que nadie, salvo los parientes de Shiroma, se enteró. ¿Quién es Alberto Shiroma? Shiroma es un músico nacido en Lima, Perú, nieto de inmigrantes de Okinawa, quien luego de arduas tentativas por ser reconocido como cantante profesional en Japón, se convierte en el líder de Diamantes, una orquesta peruano-okinawense formada en 1991 durante la visita a sus parientes en Koza. Allí encontró a otros músicos locales con los que comenzó a fusionar música latinoamericana con algunos sonidos locales, salsa en español, mezclado con japonés y okinawense y palabras derivadas de la combinación de los tres. Sus primeros seguidores fueron los soldados hispanos del ejército norteamericano que vivían en la base militar de Koza.

Es posible cuestionar la existencia de una relación natural de la música y los músicos con la tierra, el paisaje y la cultura del espacio nativo. La experiencia concreta de la migración pone a prueba la fijeza de esas identidades espaciales y territoriales de la música que los viajeros transplantan, arrastran, traen adherida a sí desde sus tierras natales. La música, que choca con la dudosa idea de lo “auténtico”, se torna elástica y se fuga de las alegorías presupuestas en el sonido, se vuelve capaz de ceder a presencias nuevas, a la presencia de la música de los otros. Escuchar a Shiroma haciendo una performance personal de la canción tradicional okinawense Shima Uta en castellano y con ritmo de salsa, es un ejemplo simple.
Fisonomía, nacionalidad y lengua son tres aspectos que presentan una interesante incoherencia, un absurdo efectivamente constituyente de la ambigua identidad de los latinoamericanos con rasgos orientales. Una ambigüedad que hospeda una potente provocación a esa ecuación que supone la uniformidad del linaje y de la cultura de la nación, el paralelo, supuesto por los japoneses, entre un semblante oriental y un habla japonesa. Los okinawenses y sus huéspedes saben cómo responder. Por un lado, el término “Gambateando” es una adaptación amable de una palabra de la lengua hostil, de una palabra amable de la lengua de la descortesía. “Ganbatte” es la palabra que se usa en japonés para desear suerte o dar ánimo a alguien; la desinencia hispana del gerundio, la altera en una palabra japonesa para animar a los extraños. Por otro lado, el champurú, un plato típico del archipiélago, que se prepara con vegetales, huevo, tofu, cerdo y cualquier potencial ingrediente que se atraviese en el camino del cocinero, propio de la cocina Nikkei2, aloja un potente simbolismo de la capacidad de reunir con éxito ingredientes heterogéneos en una comida que no deja de ser característica. De ese modo, han llamado “champuralismo” al prototipo de una jocosa filosofía de la disposición a devorar y digerir lo extranjero, lo ajeno, lo exótico, lo chocante, hasta lo indigerible, para conformarlo al estilo de vida okinawense sin inquietarse mucho por sellarlo con un rostro local.


1 Trabajadores descendientes de japoneses, emigrados desde Brasil, Perú, Bolivia y Argentina, así como inmigrantes del Este de Asia, Bangladesh, Irán y algunos otros países.
2 Es el nombre con el que se designa a los emigrantes de origen japonés y a su descendencia. También se usa para referirse la gastronomía fusionada de los inmigrantes japoneses con la de sus países receptores en América, en la que se destaca la peruana.

Parte previa: Vengo de Okinawa, soy un no-japonés

Vengo de Okinawa, soy un no-japonés


“Para matar la tristeza
Que tiene en su corazón
Por la familia que espera
Gambateando va Ramón ...”

Gambateando –Alberto Shiroma.



Ser okinawense en Japón, ser peruano en Okinawa, parece ser una clave para entender el resultado del éxodo que, hace 100 años, trajo a miles de japoneses a Sudamérica. Japoneses de Okinawa, esas pequeñas islas que Japón añadió a finales del siglo XIX luego de un largo e intenso pasado como el reino de Ryukyu y como feudatarias de las dinastías Ming y Quing. Entre China, Taiwan y las islas japonesas más grandes, Okinawa, es el corolario cultural, religioso, gastrónomico, lingüístico, musical, de extensos siglos de variada colonialidad. Los rasgos particulares, o mejor dicho, un surtido de rasgos que se atraviesan y se aúnan, han convertido a los nativos okinawenses en un grupo étnico especial y en el más numeroso del Japón contemporáneo. Los taiwaneses autóctonos, los filipinos y los japoneses del sur son sus parientes auténticos, pero el intenso intercambio y las complejísimas oleadas que hubo por largas épocas en el archipiélago, hacen de la mixtura, de la fusión continua, de la deglución voraz de todo lo extraño, la pauta fundamental: la cancelación de cualquier pauta que se presente como invariable. Los matrimonios con chinos y japoneses, pero también con soldados estadounidenses y con trabajadores sudamericanos, dieron lugar a lo múltiple y a lo mestizo en Okinawa, pero especialmente, a una táctica que, más que fortalecer una identidad local, tiende a ampliar las brechas con los japoneses: ser okinawense, a veces, más que ser okinawense, es no ser japonés.

 

Marcharse de Okinawa, que había sido un reino floreciente en medio de la inapreciable plaza marina entre Japón y China, respondía principalmente a problemas precisos que acarreó en la región la anexión a Japón. A comienzos del siglo XX, las islas se empobrecían por un monocultivo de caña de azúcar que las estancó materialmente; más tarde, todo empeoró cuando eligieron a la isla principal de Okinawa como escenario de una de las últimas batallas de la Segunda Guerra Mundial. La guerra del Pacífico diezmó a la cuarta parte de la población, cuando las islas fueron usadas de muralla defensiva para las islas mayores. Luego, el ejército norteamericano desfiló por Naha, la capital de Okinawa, y las gestionó desde 1945. Entonces, cuando todo devenía en decadencia y ruina, numerosos okinawenses, en plena conversión en japoneses, se marcharon lejos. En 1908 desembarcaron en la Argentina los dos primeros exploradores de Okinawa que abrieron las puertas a una colectividad de más de 25 mil personas. Pero las puertas ya estaban abiertas, en Perú. Se trató de la primera emigración japonesa a América Latina. En 1899 llegaron a Perú los primeros trabajadores japoneses que huían de la depresión económica de su país luego de la guerra con China. En los Estados Unidos, donde los japoneses habían trabajado en California y en Hawaii, el sentimiento antiasiático reinante desde fines del siglo XIX los disparó hacia el sur.
Así como todos los árabes, en Sudamérica, son turcos, todos los orientales son chinos. A los ojos del ciudadano peruano y a los ojos de las estadísticas nacionales, los okinawenses fueron rápidamente clasificados como “japoneses”. En la Argentina se resumió todo en “tintoreros”, uno de los oficios con más tradición entre los inmigrantes de Japón. En Perú, aún cuando es conocida la presencia de los okinawenses, es común creer que lo que los separa de los japoneses es una simple diferencia regional, como a un patagónico de un porteño. Eso le da un peculiar acento a su marginalidad: son doblemente marginales. Aun cuando en Perú los okinawenses y sus sucesores superan numéricamente a los japoneses, es la esfera de los japoneses la que prevalece en lo social y en lo político.
Ser un japonés o un okinawense está socialmente marcado en Perú, ser un “latino” en Japón, de igual forma. Así como era “okinawense” y “japonés” en Perú, ahora se es “peruano” y “latinoamericano” en Japón. 


martes, 23 de febrero de 2016

Teoría III: Buenos Aires, el mejor lugar para volverse pirata


Buenos Aires nació fatalmente como puerto sobre el Plata y creció bajo el inflexible código del mercantilismo y del contrabando. La picardía hispana cobró la renovada forma de viveza y de improvisación. Los enormes huecos que, como parte del hábito nacional, siempre lucieron las instituciones, fueron rellenados oportuna y hábilmente por hombres oportunistas y hábiles. Ese talante local también pudo observarse durante las horas de nieve.
Media hora después de empezar a nevar podíamos ver a algún tipo haciendo rodar una pequeña bolita de nieve por el césped del jardín del Parlamento. Minutos después, había formado una bola de tamaño apto para, a fuerza de mañas, fabricar un muñeco de nieve, compuesto de un 30 % de nieve y un 70 % de barro, cascotes y cualquier otra sustancia dispersa en el piso el jardín. Durante la media hora posterior podrá vérselo cercado de niños y de padres insensatos a los que le estará exponiendo el procedimiento mediante el cual se elaboran los muñecos de nieve. Una hora después, no será raro verlo cobrando cinco pesos para dar clases de cómo hacer muñecos de nieve.
Algo, no sé qué, un prejuicio, una perversidad, algo a lo que uno querría oponerse para no sentirse un vulgar censor, un prejuicio completamente atinado, nos indicaba, desde el momento en que el hombre amasaba la bolita de nieve primigenia, que podía estar preparando un negocio, uno completamente oportuno para la ocasión, que podía haber pensado “si no aprovecho ahora la ganga de los muñecos de nieve ¿cuándo lo voy a hacer?”. ¿Es un prejuicio temer que el rioplatense es un sujeto pragmático y materialista, capaz de aprovechar una fortuita nevada para hacer negocios? Tal vez lo sea pensar que hay clientes de sobra, que los pelotones que se reunían en torno al muñeco levantado por el hipotético mercader para tomarse fotos con él no son prueba suficiente.
Por la mañana, el sol asomó con retraída impunidad. Por más que luchaba por recordar lo de la nieve, todo había sido olvidado; imagino que a todos les había pasado lo mismo; nos derretíamos, fluíamos hacia los desagües de la ciudad. A nadie le gusta el frío, pensé, mientras recordaba algo de la noche: escenas aisladas de muchachos que tomaban fotos de sí mismos, tapando el paisaje de la ciudad nevada; tomaban sus propias caras estrujadas, sonrientes, como si pretendieran relatar la foto en un futuro, diciendo “la sonrisa era porque había nieve”.

Teoría II: una esquina para cada experto




El argentino heredó el entusiasmo hispano, pero lo transformó en una especie de nerviosismo lunático sentimental. Transplantado el español en el ambiente desolado del llano rioplatense, encontró un espacio interminable para expandir el ánimo montaraz que hibernaba en él. El criollo, efecto de este transplante, retrocedió un poco con respecto a sus parientes europeos, tornándose más realista, utilitario y terrenal; consecuencias del mundo inmediato: pastos, vacas y cielo. La necesidad de entender los elementos estimulaba la sagacidad y el juicio empírico de la realidad próxima. De estas condiciones procede una de las manías locales más exclusivas: la de pronunciarse como un experto en todo. El argentino desplegó pericias, que a muchas personas lleva años de indagación, en la mesa de bares o en otro sitio propicio de estas latitudes: las esquinas.
Puede que haya nevado hace noventa años, pero si lo que uno quiere es hallar un experto en nieve no será arduo dar con uno por cada esquina que tenga la ciudad. Cuando acometía el segundo descenso pude asistir a diferentes lecciones en materia de nieve que se dictaban en las esquinas, pero era preciso aligerar el oído para no traspasar la esquina antes de las conclusiones. “Yo te explico”, se escuchaba al cruzar una calle, “la nieve no se acumula en el cordón de la vereda porque…” y la hipótesis se silenciaba a medida que trepábamos la vereda, hasta que al llegar a la siguiente esquina volvíamos a escuchar “¿ves? cuando está por nevar las nubes se ponen blancas y brillantes porque…”.
Fue espeluznante descubrir que este tipo de eventos tan infrecuentes es apto para despertar ese germen tan insufrible en cualquier espíritu que camine por ahí, aún en humanos orgullosos de su moderación; como yo, que en un momento me atrapé discurriendo sobre la presión atmosférica como el más adiestrado de los meteorólogos, un asunto sobre el que jamás he reflexionado, ni leído una sola página.


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Teoría I: porteño desconcertado: la nieve no es tan suave



El camino que conducía de plaza San Martín a plaza Moreno parecía un encaramado sendero de ripios, descendiendo dantescamente hacía círculos profundos, donde el proceder humano se volvía, en cada ladera, más irritante. Alcanzar la catedral fue como despeñarse hasta un frío valle de trivialidades. Los que no habían optado por ver la nieve en la televisión, estaban haciendo con la nieve lo que alguna vez la televisión les dijo que hicieran. Incautos padres instruían a los niños en arrojarse bolas de nieve, que ocasionaban llamativos hematomas. Se me ocurrió entonces que el rioplatense medio, el que no ha tenido ocasión de vacacionar en las montañas, apenas ha visto la nieve en los filmes de navidad norteamericanos. Al jugar a arrojarse nieve, pocos se demoraban más de un instante en notar que estaban lanzando masas de hielo apelmazado y no copos de algodón, como les parecía haber visto en las películas: ese desacierto hizo que algunos volvieran a casa en ambulancia. Mientras mis conciudadanos aprendían esa útil lección, eché un último vistazo en los contornos de la catedral y comencé a escalar las esferas infernales de regreso.

Nieves rioplatenses: Tres teorías sobre el derretimiento del ser nacional

“Se puede ir a la Argentina para todo con tal que no sea para nada”

Josè Ortega y Gasset –El espectador.

 

Una vez, poco después de haberme radicado en La Plata, vi en la vidriera de una agencia de turismo, una fotografía de colores sepia que mostraba a Plaza Moreno y a una catedral a medio construir tapadas por una pálida cubierta. “Nieve”, pensé, acertadamente, “nieve en La Plata”. La foto databa de casi un siglo atrás, de la nevada de 1918. Un breve texto apuntaba “la única que se recuerda en la ciudad de La Plata”, razonable y a la vez redundante: la ciudad apenas estaba brotando en ese entonces. El pasado 9 de julio, cuando salí a la calle a eso de las cinco de la tarde, pensé lo mismo: “nieve”, me dije, acaso en voz alta, mientras miraba por las ventanas cómo la gente de la ciudad veía nevar en la televisión. Las noticias llegaban de varios lugares del país, de lugares donde la nieve era noticia, no desde las montañas ni desde el sur, sino de Rosario o de ciudades de la provincia de Buenos Aires, lo que objetaba la eventualidad de una maniobra del gobernador de la provincia para ganar votos en la elecciones bajo el lema: “nieve para todos en el aniversario de la Independencia”.
Se trataba de nieve real, de la que han visto los egresados del bachillerato en su viaje de fin de curso a Bariloche o de la que hemos visto todos en las películas y en los dibujos animados. Al anochecer, la nevada se volvió súbitamente copiosa. Salí a la calle, por casualidad, y me encontré con un panorama de otras latitudes. Sin pensarlo detuve un taxi en medio de la Avenida 7 y lo insté con romántica violencia a que me condujera rápidamente a Plaza Moreno. Abrigaba una idea completamente inexacta: la catedral neogótica, la plaza de trazo francés llena de coníferas y de tilos deshojados, el Palacio Municipal de estilo renacentista alemán, todo eso arrebatado por la nevisca, por las renovadas fuerzas de un temporal propio de otras tierras; debía encontrar allí un país puro, cubierto de hielo. Esperaba encontrarlo, resueltamente equivocado, a diez cuadras de mi casa.
La ilusión se desvaneció con la presteza con que los copos de nieve se disolvían al tocar el acuoso asfalto. Parodiando el modelo de las películas navideñas norteamericanas o de los viajes de egresados, toda la ciudad se hallaba retozando en el rectángulo de la plaza.



miércoles, 17 de febrero de 2016

La condición de la vida en la ciudad o el nuevo usuario del mundo


El surgimiento de las grandes ciudades, con periferia, distritos contiguos, concentración de la población, concentración de los medios de vida, concentración de las edificaciones, concentración, concentración y más concentración, es un hecho que podría parecernos más reciente si no hubiera sido disimulado por la velocidad con que se produjeron las mutaciones. La puntualidad que, según Georg Simmel, era la condición de la vida urbana, estaba encarnada en el reloj portátil: un mecanismo temporal, fijo, que evitaba el uso irracional e intuitivo del tiempo, esencial para la nueva clase de interacciones urbanas.
En la ciudad cada uno ha recibido, lo haya querido o no, una porción del área edificada. Colisionamos permanentemente contra el inconveniente modo de equipar el inmueble contemporáneo: los usos padecen una separación, no los habitantes; los usos y algo dentro del habitante quedan separados, sin embargo, las personas se mantienen en una apariencia de contacto imaginario que limita la posible transgresión de la rutina. Encargarse de la ciudad es encargarse físicamente de sus habitantes, acomodarlos, archivarlos, proveerlos de un enfoque.




El reloj pulsera y la puntualidad eran la condición de la vida urbana de las metrópolis ¿Cuál es la condición de la vida en los descomunales cúmulos conurbanos contemporáneos? Los desplazamientos se aceleran excesivamente, entonces dejan de ser desplazamientos humanos. La ciudad actual desaparece con la aceleración, cubierta del polvo levantado por nuevas formas del mundo, al atravesar a velocidades inhumanas las autopistas vacías de un viejo mundo que fue nuevo, tal vez, unas horas atrás. La condición de la vida de la megalópolis deja de ser la diligencia; hay otro tipo de precisión, vinculada a que todo lo importante puede hacerse desde lejos y, tal vez, a que el ciudadano común se resiste a hacer cosas importantes. La condición para la vida en la megalópolis termina siendo, de un modo tramposo, la adaptación a una vida en constante comunicación. Las alternativas para el hombre urbano del presente son quedar inacabado, en los términos de la cultura vigente, o ser completado por un enredado tejido de cachivaches inteligentes: el hombre incompleto o la tentativa de tecno-hombre. El mejor comunicado es el mejor adaptado, pero ¿acaso hay algo urgente que realmente necesite saber el hombre altamente adaptado, el hombre conectado de hoy.