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martes, 23 de febrero de 2016

Teoría III: Buenos Aires, el mejor lugar para volverse pirata


Buenos Aires nació fatalmente como puerto sobre el Plata y creció bajo el inflexible código del mercantilismo y del contrabando. La picardía hispana cobró la renovada forma de viveza y de improvisación. Los enormes huecos que, como parte del hábito nacional, siempre lucieron las instituciones, fueron rellenados oportuna y hábilmente por hombres oportunistas y hábiles. Ese talante local también pudo observarse durante las horas de nieve.
Media hora después de empezar a nevar podíamos ver a algún tipo haciendo rodar una pequeña bolita de nieve por el césped del jardín del Parlamento. Minutos después, había formado una bola de tamaño apto para, a fuerza de mañas, fabricar un muñeco de nieve, compuesto de un 30 % de nieve y un 70 % de barro, cascotes y cualquier otra sustancia dispersa en el piso el jardín. Durante la media hora posterior podrá vérselo cercado de niños y de padres insensatos a los que le estará exponiendo el procedimiento mediante el cual se elaboran los muñecos de nieve. Una hora después, no será raro verlo cobrando cinco pesos para dar clases de cómo hacer muñecos de nieve.
Algo, no sé qué, un prejuicio, una perversidad, algo a lo que uno querría oponerse para no sentirse un vulgar censor, un prejuicio completamente atinado, nos indicaba, desde el momento en que el hombre amasaba la bolita de nieve primigenia, que podía estar preparando un negocio, uno completamente oportuno para la ocasión, que podía haber pensado “si no aprovecho ahora la ganga de los muñecos de nieve ¿cuándo lo voy a hacer?”. ¿Es un prejuicio temer que el rioplatense es un sujeto pragmático y materialista, capaz de aprovechar una fortuita nevada para hacer negocios? Tal vez lo sea pensar que hay clientes de sobra, que los pelotones que se reunían en torno al muñeco levantado por el hipotético mercader para tomarse fotos con él no son prueba suficiente.
Por la mañana, el sol asomó con retraída impunidad. Por más que luchaba por recordar lo de la nieve, todo había sido olvidado; imagino que a todos les había pasado lo mismo; nos derretíamos, fluíamos hacia los desagües de la ciudad. A nadie le gusta el frío, pensé, mientras recordaba algo de la noche: escenas aisladas de muchachos que tomaban fotos de sí mismos, tapando el paisaje de la ciudad nevada; tomaban sus propias caras estrujadas, sonrientes, como si pretendieran relatar la foto en un futuro, diciendo “la sonrisa era porque había nieve”.

Teoría II: una esquina para cada experto




El argentino heredó el entusiasmo hispano, pero lo transformó en una especie de nerviosismo lunático sentimental. Transplantado el español en el ambiente desolado del llano rioplatense, encontró un espacio interminable para expandir el ánimo montaraz que hibernaba en él. El criollo, efecto de este transplante, retrocedió un poco con respecto a sus parientes europeos, tornándose más realista, utilitario y terrenal; consecuencias del mundo inmediato: pastos, vacas y cielo. La necesidad de entender los elementos estimulaba la sagacidad y el juicio empírico de la realidad próxima. De estas condiciones procede una de las manías locales más exclusivas: la de pronunciarse como un experto en todo. El argentino desplegó pericias, que a muchas personas lleva años de indagación, en la mesa de bares o en otro sitio propicio de estas latitudes: las esquinas.
Puede que haya nevado hace noventa años, pero si lo que uno quiere es hallar un experto en nieve no será arduo dar con uno por cada esquina que tenga la ciudad. Cuando acometía el segundo descenso pude asistir a diferentes lecciones en materia de nieve que se dictaban en las esquinas, pero era preciso aligerar el oído para no traspasar la esquina antes de las conclusiones. “Yo te explico”, se escuchaba al cruzar una calle, “la nieve no se acumula en el cordón de la vereda porque…” y la hipótesis se silenciaba a medida que trepábamos la vereda, hasta que al llegar a la siguiente esquina volvíamos a escuchar “¿ves? cuando está por nevar las nubes se ponen blancas y brillantes porque…”.
Fue espeluznante descubrir que este tipo de eventos tan infrecuentes es apto para despertar ese germen tan insufrible en cualquier espíritu que camine por ahí, aún en humanos orgullosos de su moderación; como yo, que en un momento me atrapé discurriendo sobre la presión atmosférica como el más adiestrado de los meteorólogos, un asunto sobre el que jamás he reflexionado, ni leído una sola página.


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Teoría I: porteño desconcertado: la nieve no es tan suave



El camino que conducía de plaza San Martín a plaza Moreno parecía un encaramado sendero de ripios, descendiendo dantescamente hacía círculos profundos, donde el proceder humano se volvía, en cada ladera, más irritante. Alcanzar la catedral fue como despeñarse hasta un frío valle de trivialidades. Los que no habían optado por ver la nieve en la televisión, estaban haciendo con la nieve lo que alguna vez la televisión les dijo que hicieran. Incautos padres instruían a los niños en arrojarse bolas de nieve, que ocasionaban llamativos hematomas. Se me ocurrió entonces que el rioplatense medio, el que no ha tenido ocasión de vacacionar en las montañas, apenas ha visto la nieve en los filmes de navidad norteamericanos. Al jugar a arrojarse nieve, pocos se demoraban más de un instante en notar que estaban lanzando masas de hielo apelmazado y no copos de algodón, como les parecía haber visto en las películas: ese desacierto hizo que algunos volvieran a casa en ambulancia. Mientras mis conciudadanos aprendían esa útil lección, eché un último vistazo en los contornos de la catedral y comencé a escalar las esferas infernales de regreso.

Nieves rioplatenses: Tres teorías sobre el derretimiento del ser nacional

“Se puede ir a la Argentina para todo con tal que no sea para nada”

Josè Ortega y Gasset –El espectador.

 

Una vez, poco después de haberme radicado en La Plata, vi en la vidriera de una agencia de turismo, una fotografía de colores sepia que mostraba a Plaza Moreno y a una catedral a medio construir tapadas por una pálida cubierta. “Nieve”, pensé, acertadamente, “nieve en La Plata”. La foto databa de casi un siglo atrás, de la nevada de 1918. Un breve texto apuntaba “la única que se recuerda en la ciudad de La Plata”, razonable y a la vez redundante: la ciudad apenas estaba brotando en ese entonces. El pasado 9 de julio, cuando salí a la calle a eso de las cinco de la tarde, pensé lo mismo: “nieve”, me dije, acaso en voz alta, mientras miraba por las ventanas cómo la gente de la ciudad veía nevar en la televisión. Las noticias llegaban de varios lugares del país, de lugares donde la nieve era noticia, no desde las montañas ni desde el sur, sino de Rosario o de ciudades de la provincia de Buenos Aires, lo que objetaba la eventualidad de una maniobra del gobernador de la provincia para ganar votos en la elecciones bajo el lema: “nieve para todos en el aniversario de la Independencia”.
Se trataba de nieve real, de la que han visto los egresados del bachillerato en su viaje de fin de curso a Bariloche o de la que hemos visto todos en las películas y en los dibujos animados. Al anochecer, la nevada se volvió súbitamente copiosa. Salí a la calle, por casualidad, y me encontré con un panorama de otras latitudes. Sin pensarlo detuve un taxi en medio de la Avenida 7 y lo insté con romántica violencia a que me condujera rápidamente a Plaza Moreno. Abrigaba una idea completamente inexacta: la catedral neogótica, la plaza de trazo francés llena de coníferas y de tilos deshojados, el Palacio Municipal de estilo renacentista alemán, todo eso arrebatado por la nevisca, por las renovadas fuerzas de un temporal propio de otras tierras; debía encontrar allí un país puro, cubierto de hielo. Esperaba encontrarlo, resueltamente equivocado, a diez cuadras de mi casa.
La ilusión se desvaneció con la presteza con que los copos de nieve se disolvían al tocar el acuoso asfalto. Parodiando el modelo de las películas navideñas norteamericanas o de los viajes de egresados, toda la ciudad se hallaba retozando en el rectángulo de la plaza.



sábado, 20 de febrero de 2016

Falso idilio de un súbdito rioplatense



Pasamos algunos días en una ciudad baja, Chivilcoy, tal vez la más corriente de todas las poblaciones del mundo. Es una ciudad con un trazado urbano típicamente español, es decir, poco original, con su iglesia neo-clásica frente a la plaza principal. El concepto de plaza principal también es español: la ciudad es un satélite de esta plaza. A veces llueven meteoritos, otras veces, alguna deidad aparece para dar algún aviso que cambiará el derrotero de la humanidad; pero los pobladores de esta localidad no podrían dar fe de que hayan ocurrido semejantes cosas.
“Los argentinos somos supersticiosos”- dice el rioplatense, apurado por llegar a la estación de trenes, típicamente inglesa, por donde pasa sólo un tren al día rumbo al puerto sobre el Plata- “Todos sabemos que el precio de seguir siendo un argentino es no pasar mucho tiempo fuera de Buenos Aires; de lo contrario, como esas ruinas de las que cuenta Borges, uno puede llegar a desintegrarse o, lo que es más grave, a convertirse en apátrida para siempre”.
Traté de hallar una tesis para refutar esa sospechosa sentencia, pero me quedé perplejo al ver cómo, al alejarnos de la campaña, el guía recobraba sus olvidadas formas, mientras las mías se volvían ambiguas en el aire.

Según entendemos, en el siglo XIX la ciudad que hemos dejado atrás fue premiada por plagiarle el plano urbano a Baltimore. “Era una época en la que se daban premios por diversos logros”, explica el ciudadano- “Yo nací aquí, cien años más tarde”- apunta, mintiendo, dado que sabemos que no cree en la existencia de rioplatenses más allá de los yermos ejidos que rodean la muralla de la General Paz- “luego, me mudé a otra ciudad a la que amenazan darle un premio si se deshace de los carteles publicitarios vulgares y termina algunas obras céntricas inconclusas”.
Es verdad que La Plata tiene hermosas plazas, una interesante variedad de estilos arquitectónicos, que van desde el bizantino hasta el neogótico y que, de vez en cuando, hay algún recital de piano, trato de replicarle, pero en La Plata ya no se ve el horizonte. Con rápido artilugio me objeta: “Pero las torres que lo ocultan demuestran que todavía hay inmuebles para alquilar, por ejemplo”
Buenos Aires empieza a imponerse mucho antes de llegar a su ancha muralla construida de automóviles en plena carrera. Esta metástasis de húmedo hormigón, diría más tarde el guía rioplatense, demuestra la expansión de la Argentina sobre las bárbaras estepas y los desiertos lejanos. Me resulta arduo rebatirlo por completo: no han sido pocas las ocasiones en las que creí ver sobre el vastísimo llano la sombra cuadriculada que proyecta la nación porteña. Las vías por las que viajamos no son otra cosa que una cuerda tendida desde el puerto para alcanzar de un solo disparo los lugares más apartados: es la cuerda que estrangula las tierras que no se ven.
Con mis últimas fuerzas encuentro evidencias para impugnar las ambiguas creencias de mi compañero de recorrido. Le Corbusier señaló alguna vez que Buenos Aires no tenía arreglo. Mi ingenuo guía tal vez nunca lo meditó, pero si la Argentina es Buenos Aires y Buenos Aires no tiene arreglo, entonces la Argentina no tiene arreglo: un silogismo simple, que no seré yo quien se lo enseñe.


Parte previa: La vista desde el Mar Dulce
Parte siguiente:Promesa del conquistador al hambre del pionero


viernes, 19 de febrero de 2016

La vista desde el Mar Dulce

“I account it high time to get to sea as soon as I can” 

Herman Melville -Moby Dick.


Hemos tomado la sombría avenida Uno durante una noche invernal del Meridiano y, tal como marchamos, evitando callejones que conducen al Bosque del área este de la ciudad, podremos embarcarnos sobre una bruma de solidez lacustre. No debe asustarnos que a nuestro paso, algunos nadadores rezagados que han descendido del tren, algún tramo más adelante de nuestro río de nieblas, hayan pasado junto a nuestra barca sin notarnos: se han zambullido en estas neblinas sin remedio en la estación de trenes, nuestro destino, cuando la Uno se encuentre con la Cuarenta y cuatro. Allí nos espera el primer puerto si, cuidándonos de no doblar a la derecha y entrar fatalmente en el Bosque, un monumento de estilo clásico-romanticista francés, que terminó allí por error, se quita su tocado de nieblas.
Nos alejamos y, detrás de ese velo mortecino de la mañana platense que -según Bioy Casares- ha favorecido tanto a los fotógrafos, se nos declara la abovedada estación. Según me cuenta nuestro guía, mientras me conduce a la boletería, este edificio tan notoriamente europeo halló plaza en La Plata al mezclarse los planos de dos estaciones encargadas al mismo arquitecto. El otro plano, el de una estación de estilo neo-colonial, terminó en una pequeña ciudad francesa, por error; allí se levanta, hasta hoy, la estación preparada para La Plata.
De algún modo, se me ocurre, fue un error dichoso: un edificio de figura colonial hubiera sido una letal discordancia en una ciudad erigida completamente según cánones europeos, tan aislada del pasado colonial. La anónima villa francesa tal vez haya tenido menos suerte en ese aspecto; pero no mucha menos que esta ciudad, que no se demoró en montar sus propias discordancias arquitectónicas. Nuestro guía lo ilustra mostrándome una serie de torres con forma de caja de zapato que emergen de entre las obras clásicas. Con cierta consternación le doy la razón a mi compañero: los edificios nuevos son como la interrupción de una misión de la vieja ciudad, un mensaje entrecortado y confuso. Pero él es más optimista; pide dos boletos a un sitio llamado Plaza Constitución y argumenta que esas cajas de zapato son la prueba del triunfo de la ciudad latinoamericana sobre la ciudad europea.
En el tren, me insta a que no me impaciente. “Acomódese, no estamos lejos de la Argentina, llegaremos en lo que usted se descuida”. Durante el corto viaje me inquirí más de una vez sobre qué podía significar eso de no estar muy lejos de la Argentina, en qué país podíamos haber estado hasta entonces o si sería necesario presentar algún pasaporte. Pero entonces recordé lo que suelen decir a este lado del Río de la Plata: que la Argentina termina en Buenos Aires. Allí nos dirigíamos, a la Argentina, a Buenos Aires, a donde se aborda y se sale de un país muy vasto. Tal vez mi guía tomaba muy al pie de la letra esa idea. Decidí, al llegar a Plaza Constitución, nuestro puerto de entrada a la Argentina, comenzar a contrariar las guías de mi guía.