El camino que conducía de plaza San Martín a plaza Moreno
parecía un encaramado sendero de ripios, descendiendo dantescamente hacía
círculos profundos, donde el proceder humano se volvía, en cada ladera, más
irritante. Alcanzar la catedral fue como despeñarse hasta un frío valle de
trivialidades. Los que no habían optado por ver la nieve en la televisión,
estaban haciendo con la nieve lo que alguna vez la televisión les dijo que
hicieran. Incautos padres instruían a los niños en arrojarse bolas de nieve,
que ocasionaban llamativos hematomas. Se me ocurrió entonces que el rioplatense
medio, el que no ha tenido ocasión de vacacionar en las montañas, apenas ha
visto la nieve en los filmes de navidad norteamericanos. Al jugar a arrojarse
nieve, pocos se demoraban más de un instante en notar que estaban lanzando
masas de hielo apelmazado y no copos de algodón, como les parecía haber visto
en las películas: ese desacierto hizo que algunos volvieran a casa en
ambulancia. Mientras mis conciudadanos aprendían esa útil lección, eché un
último vistazo en los contornos de la catedral y comencé a escalar las esferas
infernales de regreso.
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