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martes, 15 de marzo de 2016

El Lugar del no-lugar


El ostium, también el muro en cierto sentido, se ha corrido hacia el Estado y del Estado al ciudadano, acatando su propensión al outopos. Paradojicamente, las fronteras estatales se desplazan hacia los límites de las ciudades, como si estas tuvieran todavía límites. Una trama de policiaje y ciudadanía en regla son las disposiciones de la sinoiké actual, su límite. Lejos de todo azar, la promesa de tierra infinita quizás enterró los nombres de muchos secretos aventureros. Esa promesa de tierra es la que pudo mantener a cualquier prudente pionero timoneando su nave a juiciosa distancia del continente virgen. Esos nombres sepultados en el naufragio y la indiferencia de la metrópolis colonizadora, apuntan algo sobre la realidad heterotópica de la colonización de las tierras vacías y la singularidad de la vida colonial de tierra adentro. El mundo de tierra adentro ¿qué otro mundo podrá ser que el encomendado a ultramar? A distancia del litoral hay incontables mundos por erigir, pero al desembarcar sólo queda uno por fundarse.

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jueves, 3 de marzo de 2016

“Robinson, which of the lakes I prefer?”




Al salir de prisión, Brummell no sólo quedaba absuelto de sus deudas, además conservaba intacta la observancia por sus antiguas liturgias de acicalado. El ritual de dos horas de metódico aseo personal, el minucioso culto del afeitado, que requería tres devotos barberos, los tres o cuatro ceremoniosos cambios de ropa en el transcurso de la jornada: todos esos esfuerzos, dignos de un acólito, tenían el fin de hacer gala de una política de la sencillez, según la cual, un caballero debía pasar notoriamente desapercibido: un imposible arte que le supuso los mismos compromisos que a un brahmán sus ceremoniales diarios. Su estilo de vestir se resistía al presuntuoso y dramático de su tiempo. Su creencia en la absoluta austeridad lo inclinaba, casi místicamente, por los colores oscuros y el buen corte.




En su exilio en Francia, se dedicó a concretar la única obra de su vida: un bastidor para la duquesa de York, que terminó en una tapicería de Boulogne como prenda por sus deudas. Cientos de escenas estaban representadas en ese trabajo. El enigma insignificante, la esencia de la filosofía brummeliana, la reverencia por el asunto sin importancia y la nulidad, era el carácter al que apuntaban las representaciones. Brummell había atestado de figuras ese espacio al modo de un gnóstico, que llena de reyes y potestades sus cielos. En el centro de los paneles, animales asumían, como las bestias del zodíaco, el sustento de una obligación simbólica. Sugerían inútilmente la potencia de un orden: en torno de ellos, sobre ellos, otras imágenes se amontonaban y se esparcían entre guirnaldas. Brummell le estaba regalando a la duquesa de York el espíritu en formación del mundo que lo rodeaba: un mural alucinado donde eran recibidos, con la misma jerarquía, los dioses arcaicos y los efímeros que regían durante una temporada, sucesos fabulosos y héroes de las memorias históricas; los dibujos se avenían en el ordenado laberinto de un caos civilizado.

El camino de la moda masculina británica no ha sido cómodo en las últimas dos décadas: las pasarelas internacionales estuvieron dominadas por italianos y norteamericanos. No fue accidental que la imagen del distinguido espía británico James Bond haya sido ideada por creadores italianos. Los diseñadores de vestuario masculino retomaron el desafío de identificar la moda del hombre británico contemporáneo en el plano internacional. De ese modo, el dandy es la figura que, para los diseñadores de principios del siglo XXI, identifica la naturaleza de la masculinidad británica actual, la que refleja la búsqueda de lo distinto al gusto masivo. Mientras las marcas corporativas insisten en fundar una uniformidad mundial, los británicos prefieren estilos que los sitúen fuera de esa cultura, como individuos refinados, pero con nociones compartidas.


La moda británica del siglo XXI está en la etapa más fértil desde la revolución Peacock de los años 60 en Carnaby Street, y, en gran parte, se debe a la reverencia de los ingleses por la sagacidad que Beau Brummell practicó como ideal. El estilo dandy fue definido por Jules Barbey D´Aureville como “una forma de vanidad esencialmente británica”. De ser cierto, hay que admitir que no hay mejor motivo de inspiración en el siglo XXI que el dandy para manifestar la renuncia a las cada vez más homogéneas tendencias en la moda mundial y compensar el gusto, tan británico, por el buen vestir.


1 Trad.: “Robinson ¿cuál de los lagos prefiero?”
-George Brummell-

“You call this thing a coat?”




La creación del traje moderno en combinación con la corbata es atribuida al Beau, cuya técnica de anudar pañuelos al cuello, meritoria de un maestro zen, prescinde de toda posible casualidad. Podía usar las prendas usuales de cualquier caballero, pero su modo de vestirlas era una irrebatible reforma, especialmente su atención por los detalles y la pulcritud de las prendas, basada en una separación básica entre la prenda y una cosa cualquiera: según este principio, un objeto de uso supuestamente tan común como un traje alcanza alturas indescriptibles. Esto sólo fue posible mediante una abolición de plano del valor de uso del traje.


Tanto para su desastre como para su gloria, la insolencia irredenta de su conducta con el Príncipe de Gales y con la amante del príncipe fue concluyente. Luego de tratar al príncipe como a un esposo burgués que defiende a su mujer descontenta, concibió un gesto que nadie se había resuelto a sugerir antes: el talante condescendiente y también irónico hacia la realeza. Beau Brummell capturó en la vuelta de su puño y en el nudo de su corbata la ensayada ironía y el languidecimiento que definió su época: el cálculo de la pose y la figura fue el último destello del ocaso de la aristocracia, pero de muchas otras maneras pronosticó el devenir de lo moderno. Los estilos de vestuario británico del siglo XXI, consagrados al refinamiento en el vestir y a un cristalino suavizado de la apariencia, encuentran sus principios en el absoluto control de Brummell sobre su figura. La tensión entre lo antiguo y lo nuevo, lo personal y lo público, la tradición y la rebeldía tiene similar presión en el lenguaje del diseño británico contemporáneo.
Los trabajos de los diseñadores y de las marcas muestran cómo el dandismo se ha presentado bajo una forma democrática y, al mismo tiempo, exclusiva: aparece como un estilo de fácil adquisición, pero suficientemente esquivo en cuanto que no muchos logran un buen efecto. Los principios del dandismo de sobriedad austera y a la vez exquisita, inasible calidad y desenvolvimiento intervienen en el diseño del vestuario masculino actual: el referente cultural y de calidad de materiales que identifica lo mejor del diseño británico no podría encontrar mejor inspiración en el siglo XXI que el dandy.


1 Trad.: “¿Llamas a esa cosa una chaqueta?”
-George Brummell-




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Brummelandia o los paraísos de Bond Street y Saint James


“Haciéndose dandy, el hombre se convierte en unmueble de boudoir, un maniquí extremadamente ingenioso”

Honorè de Balzac –Traité de la vie élégant.


 

La magnifica ciudad de Londres bien podría haber sido conocida hace doscientos años como Brummelandia: una ciudad entera atenta a los pliegues de la corbata de un hombre. Pero era, primero, la cuna de una cultura que sufría de las primeras expresiones de un característico mal de la modernidad occidental: la creciente desconfianza en los objetos. El dandy aparece como un héroe en esta escena, en la que es justamente llamado a abolir la figura del héroe. George Brummell podría ser contemplado como un simple personaje frívolo de otra época si no hubiera venido a aportar algo más que un nuevo arte para anudar la corbata. No fue casual que hasta el Príncipe de Gales, a quien tuvo como amigo de juventud, no perdiera nota de los agudos aforismos que escapaban de la boca del Beau. La esfera original de Bond Street, Saville Row y Saint James, las calles que vieron emerger el dandismo, no han dejado de orientar la moda masculina británica: Londres, como el lugar de nacimiento, todavía custodia el espíritu del dandy. Cerca de las grandes galerías de arte y de las subastas, en la elegante zona del Pall Mall, una estatua recuerda al Beau.



Durante la tediosa degradación de sus años en Francia, Brummell impuso el heroísmo de la inutilidad: seguir siendo inútil, siempre y en todas partes. Habiendo compartido la época y la ciudad con Jeremy Bentham, el principal teórico del utilitarismo, Brummell pudo vislumbrar en lo inasible, en lo apenas perceptible, un modo de redención ante la amenaza de los objetos, aparecidos cada vez más como ajenos al hombre, en una época que se sometía a una exageración casi idólatra del ornamento y al advenimiento de la mercancía.



La urbanidad a sangre fría y el vestir impecable: ese es el enfoque del dandy, el buen gusto como única distinción social. Hacia 1790 los contrastes tradicionales de riqueza y linaje dieron paso a una nueva movilidad, que Brummell anunció como la autoridad de la moda. Los estilos de moda masculina dominantes en la cultura contemporánea están en deuda con la filosofía del dandy. Los nuevos diseñadores buscan definir categorías para ilustrar cómo la idea del dandismo de Brummell aún se refleja y se encuentra presente en el vestuario masculino británico.



lunes, 29 de febrero de 2016

La cara ajena de la lengua propia

"Milonga del primer tango
que se quebró, nos da igual,
en las casas de Junín
o en las casas de Yerbal" 

Jorge Luis Borges – Milonga para los orientales




Todavía a principios del siglo XX se podía escuchar en las ciudades de Italia llamar "lombardi" a los gangster, en una clara sugerencia a los lombardos que la asaltaron en la Edad Media. El término “lombardo” atravesó el Atlántico con los inmigrantes italianos para tomar en Buenos Aires y Montevideo el nombre de lunfardo durante la segunda mitad de siglo XIX. La alusión seguía siendo la misma: el lunfardo original, el más impenetrable, era un lenguaje de presidiarios. Las más interesantes síntesis léxicas se produjeron en las cárceles donde se encontraban reclusos de diversos orígenes. La jerga se extendió a los hampones de los arrabales y, casi en el mismo proceso, al tango, nacido también en los arrabales. El cocoliche, una variación lingüística surgida del intento de los inmigrantes italianos de hablar el castellano, y el vesre, el particular modo rioplatense de alterar las sílabas de las palabras, también son ingredientes elementales del lunfardo junto con otras palabras que llegaron con el traslado de los gauchos a la ciudad. El tango divulgó este modo singular de hablar hasta sacarlo para siempre de la esfera de las prisiones y de la marginalidad, añadiéndolo al glosario cotidiano de cualquier porteño o montevideano.



En sus Aguafuertes Porteñas, Roberto Arlt hace una breve exposición de un término traído por los genoveses: fiacca, la flaqueza del ánimo. Y también una leve desviación de las acepciones compartidas entre una y otra orilla del río. Cuando un muchacho bostezaba sin parar los genoveses decían que tenía la fiacca, un desgano producido por la necesidad de ingerir alimento. De esa manera, mientras en la Argentina tener fiaca es exclusivamente no tener ganas de hacer nada, en Uruguay es estar cayéndose de hambre. No por nada el río es tan ancho. Los argentinos vemos, al igual que los uruguayos, nuestra propia lengua reflejada en el espejo: un ejemplo, entre muchos, en el que la frontera política no hace a la extranjeridad, por supuesto, si me está permitido sospechar que la primera fuente de hostilidad que encuentra un extranjero es la lengua del otro: llegar a un país y que te saluden en la lengua local, sin preguntarte cual es la tuya, y obligarte a saludar en la lengua local. El Río de la Plata, en una limitada declaración de hospitalidad, se presenta como una pequeña nación idiomática en la que uno puede traspasar las fronteras internas sin sentir que se ha vuelto extranjero. Estar en Buenos Aires, Rosario, La Plata o Montevideo, es más o menos lo mismo. Hostis y hospes, las dos significaban “extranjero” para el antiguo romano, amigo de tener enemigos; todo depende de cómo decidas recibir al extranjero.



Parte previa Breve busca de lo afro-rioplatense

domingo, 28 de febrero de 2016

Breve busca de lo afro-rioplatense

"Tenía una pendencia con esta nación oriental,
que me importaba mucho más que el color o sabor de las aguas
del gran estuario que lava los mugrientos pies de su reina;
pues esta Troya Moderna, esta ciudad de luchas, asesinatos
y muertes repentinas, también se llama la Reina del Plata."

G. H. Hudson – La tierra purpúrea.



El siguiente es un breve y apresurado rodeo en la historia argentina que intentará contribuir a nuestra modesta historia del habla de todo el Río de la Plata y también a la de la cortesía oriental.
El castellano rioplatense es una variedad de la lengua española hablada desde Rosario a La Plata, a ambos lados del ancho río. Más tarde, cuando nos detengamos en el lunfardo, nos preguntaremos cómo puede abundar en voces africanas sin que haya un africano a la vista a lo largo de toda la Argentina. La historia es así: la Argentina, cómo todos los países coloniales, jugó un tiempo a la esclavitud, pero no tardó en aburrirse y abolirla. Después de eso, una imponente cifra de esclavos libres provenientes del Congo, el golfo de Guinea y el sur de Sudán, quedó vacante y en la miseria en las calles hasta que el gobierno recordó lo útiles que habían sido muriendo por la patria durante las guerras de la Independencia en las milicias libertadoras y lo mal que se ajustaban al proyecto de esa nueva comedia que llamaron crisol de razas –europeas, claramente- expresada en la Constitución Nacional de 1853. A finales de la década de 1860, la intervención de la Argentina en la Guerra del Paraguay se presentó cómo una inestimable oportunidad para el alistamiento forzado de afro-argentinos. Durante esos años asistimos a la extinción de gran parte de los africanos argentinos así como al brutal declive de la población masculina del Paraguay. Los sobrevivientes de la guerra y de la fiebre amarilla emigraron al Uruguay, donde la comunidad africana gozaba de un ambiente social más próspero y había sido tradicionalmente más numerosa. Uruguay fue el destino predilecto en una región en la que dominaba el racismo europeísta, en una frontera, y un tardío abolicionismo, en la otra. Así se constituyó tempranamente una colectividad afro-uruguaya que le dio forma a la cultura, el folklore y el semblante general del país, especialmente al Uruguay urbano, con el candombe y el carnaval.



La influencia africana en el habla de Río de la Plata es un hecho incuestionable y se percibe en expresiones culturales tan propias de Buenos Aires y Montevideo como el tango, cuya etimología también es africana. Quilombo, tamango, milonga, canyengue son vocablos de uso frecuente en lírica tanguera y en el ambiente de los arrabales, donde el africano confluyó con el andaluz y con el genovés y con el alemán que trajo el bandoneón en su maleta.


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El espejo Oriental o el lado amable del Plata

"Puerta falsa en el tiempo, tus calles miran al pasado más leve.
Claror de donde la mañana nos llega, sobre las dulces aguas turbias.
Antes de iluminar mi celosía tu bajo sol bienaventura tus quintas.
Ciudad que se oye como un verso.
Calles con luz de patio."


Jorge Luis Borges –Montevideo
 

De la mirada de los turistas más distraídos que visitan la Argentina se podría deducir que lo mejor de Buenos Aires son los uruguayos. Conozco a algunos que han tomado sus aviones y sus barcos y sus naves espaciales de vuelta a sus países y planetas con una inmejorable impresión del espécimen porteño; la razón: los uruguayos de la ciudad, tan atentos con los turistas perdidos y tan pacientes con los que hacen consultas que irritarían al más Zen de los porteños. Uruguayos y argentinos, ciudadanos de un alargado reino litoral, comparten el mismo vocabulario y un fenotipo perfectamente confundible, en el que un rancio alquimista mezcló en distintas proporciones a italianos, españoles, portugueses y franceses, con una pizca más de africanos para el Uruguay y un toque de vanidad europeizante para la Argentina, que hacen que los primeros, al rondar las calles de Buenos Aires, sean una excelente propaganda para los segundos.



La Argentina es un gran pueblo sustentador de grandísimas fábulas. La leyenda de las Pampas como esencia del carácter nacional y otros esencialismos típicos, como el del tucumano cleptómano y el cordobés embaucador, la vieja y complaciente alegoría de la Australia americana o el Canadá sureño, hasta llegar al curioso dialogo entre olavarrienses y azuleños, separados por el arroyo del Azul, llamándose unos a otros “uruguayos”, están entre los tipos más inocentes de nuestra mitología. Pero como todos los ríos, el Plata, tiene dos orillas, aunque no se vean. Hay una orilla azul del otro lado, una playa luminosa y cordial llamada Uruguay, de donde viene y a donde va esa generosa estirpe que cuida a nuestros turistas, nativos con acentos que van del entrerriano al porteño y son parte de una gran nación tácita, de un país secreto, implícito en las cuencas y las franjas de agua que serpentean lentamente y recuerdan viejas barcazas en las que se murmuraba el español y el portugués, y a otras más nuevas navegando con voces en inglés, en gallego, en occitano, en mapuche, quechua y guaraní.
 
 En teoría, soy un ciudadano uruguayo, casi tanto como argentino. Mi nueva hipotética nacionalidad, desde una vez que se me extravió el documento de identidad, podría ser llamada mercosureña, con un poco de esfuerzo. Pero no es ese el lazo que me liga al país trans-platino, sino la de ser deudores de una comunidad de lenguas que me convierte en uno más, del mismo modo en que convierte en uno más a cada uruguayo que pisa suelo argentino.

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miércoles, 24 de febrero de 2016

La ciudad modelo



El Grande Arche se construyó en 1989 en el distrito financiero de La Défense, manifestando el consenso de mantener la ciudad a una estatura discreta. El monumento de 110 metros de altura que celebra el segundo centenario de la Revolución Francesa, está ubicado en línea recta cruzando la plaza del Arco del Triunfo y es uno de los proyectos más notorios realizados recientemente por el gobierno francés. Luego de que el fiasco de la inoportuna obra de un rascacielos en pleno París haussmaniano hiciera que los constructores renunciaran para siempre a esa clase de proyectos, la ciudad pudo renovar esa presencia que le da la autoridad de ser la más clásica y la más moderna sin caer en torpes ataques a su propio lenguaje. La Défense es un moderno barrio de negocios situado al oeste de París, como prolongación del eje histórico que comienza en el Louvre y sigue por Champs Elysées. Está compuesto de audaces torres de oficinas, unidas por 31 hectáreas de explanada para el uso de caminantes. Los jardines colgantes y las obras de arte le dan el aspecto de un museo al aire libre dentro del área comercial más importante de Europa.
Como la capital de la moda desde el siglo XVIII, París tuvo el rasgo principal de concentrar la novedad, de ser un centro de gravedad creador de una industria de las tendencias. El resultado final de los trabajos de Haussmann fue poner de moda a la ciudad; el baluarte de la torre Eiffel, inseparable del perfil parisino, fue la conclusión de la serie de arreglos que hizo en París durante 20 años para darle el semblante actual. La torre Eiffel no sólo puso punto final al laberinto de la antigua urbe -hoy podríamos sospechar que es más fácil perderse en las cercanías del asombroso monumento que internándose en la intrincada ciudad- además, logró que la sede de la Exposición de mercancías se vuelva mercancía y que la sede ancestral de la moda se vuelva ella misma moda, de un solo golpe, como si edificándola encintaran el paquete en el que ofrecían la nueva ciudad, poniéndola a disposición de un público más indolente: el carácter tan especial de esa oferta la hizo accesible al viajero común: su destino no podía ser otro que el de devenir en una ciudad de moda.
Durante los últimos 100 años París ha conservado el rango de la ciudad más visitada del mundo. Pero para que del visitante nazca el turista, es preciso que la travesía del viaje sea expiada de todo lo que tiene de peligroso y de incierto: el turista es un viajero de aventuras, pero sin aventuras. Los mayores destinos turísticos siempre se han ocupado de brindarse en amables paquetes, en ellos no está contenido el extraviarse, ni el ser asaltado, ni ser devorado por fieras salvajes. Imagino que por eso hoy le damos el nombre de turismo, que viene de tour, una expresión francesa para designar una forma muy especial de viaje, que no es viaje sino circuito, vuelta: el viaje con el itinerario envasado. No parece casual que la expresión sea francesa, tampoco que los franceses pensaran en esa forma tan especial de viaje que es el tour.


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La campiña de mampostería

“La tapa de una caja sana cuyo borde no estaría abollado, una tapa
así no debería tener otro deseo que encontrarse sobre su caja”

Rainer María Rilke -Los cuadernos de Malte Laurids Brigge.


En un curioso efecto de fractal, que sin ningún tipo de casualidad intimidó por momentos a Baudelaire, la sede de la exhibición de mercancías más grande del mundo, se vuelve ella misma una mercancía: París no sólo había sido capaz de convertirse en un tipo muy especial de mercancía dentro de la cual residían otras mercancías, sino que, en el mismo movimiento había pasado de ser el centro de gravitación de la moda a ser una moda propiamente dicha. Ese segundo pasaje, vinculado con la novedosa posibilidad de ver a la ciudad en una vidriera o un stand, no tardó en volverse posibilidad de llevarse la ciudad como souvenir. Es curioso notar cómo la ciudad francesa terminó desplazando, a principios del siglo XX, a la concurrida Venecia como ciudad de visita obligada sin que se haya producido ninguna variación hasta hoy. A diferencia de otras metrópolis de la moda, París, sin más remedio, se desarrolló como una ciudad de moda cosmopolita, una especie de capital del planeta en esa clase de asuntos.
Aterradora y fascinante a la vez, la ciudad fue cobrando vida propia, moviéndose por sí misma, ajena a la voluntad de sus habitantes, resolviendo su propia providencia, como si el hormiguear constante en sus resquicios fuera una torpe ilusión y ella misma controlara a los urbanistas, arquitectos y albañiles para mutar. Una especie de monstruo gigante en aparente inmovilidad, pero con tanta agilidad como la tapa que rueda lejos de la caja, lejos de su función deseada, y resuelve ser una amenaza para los hombres, pero un bien para ella misma: una ciudad así, tal vez sólo exigía el mecanismo de un corazón, de un pulmón, de un motor de vida que la despertara: en París puede haber sido la gran torre, llegada tardíamente, pero que empezó a latir en el centro de la ciudad y, con ella, toda la ciudad.
El esperado reencuentro del urbanismo con la política durante el siglo XIX fue visto como soplo reparador que reunía las piezas dispersas del entramado urbano. Desde esta perspectiva, el urbanista volvía a encontrarse con el arquitecto: la ciudad le daba una forma concluyente a un concepto. Basta con evocar el abrumador campo de escombros en el que se había convertido París en tiempos de Haussmann, las áreas enteras convertidas en parajes marcados, o los antiguos jardines reformados sin compasión en plazas, para entender de qué se trataba la serie de cálculos que se operaba sobre el medio ambiente de la época.


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Exposición Universal y paisaje de albañilería

“Se fue el viejo París (De una ciudad la forma
ay, cambia más de prisa que un corazón mortal.)”


Charles Baudelaire –El cisne.



En una ciudad, como dijo de Walter Benjamin, uno también debe aprender a perderse; es una tarea tanto o más ardua que saber orientarse en ella. Dar con el distrito donde las calles se enredan, donde los letreros son traicioneros, perderse en un laberinto de edificios, fábricas, palacios y veredas, ver espejismos de lugares conocidos bajo la consternación y el despecho de creer haber encontrado a la distancia un puesto de avanzada que nos lleve de regreso al camino familiar: un trabajo mucho más adecuado para los niños y para los olvidados viajeros en busca de aventura de otras épocas que para el turista típico del siglo XXI, a quien la ciudad le es ofrecida en un envoltorio de encomienda listo para ser abierto. La principal mercancía exhibida en la Exposición Universal de 1889, en París, fue la ciudad misma. No puede parecernos ocasional el reproche y la duda de algunos artistas de la época hacia el símbolo de la Exposición: la Torre Eiffel. Esta no sólo remataba la ciudad, cómo un disparo final de las reformas de Haussmann al París medieval, celebrando el estreno de una referencia visible desde cualquier pasadizo de la ciudad, sino que la hacía consumible con sólo echar una mirada, igual que el resto de las mercancías exhibidas.



Los agudos contrastes de la trama parisina son un modelo de reglas y excepciones, de reglas que son excepcionales y de excepciones que se vuelven reglas. Los panoramas que nos ofrece Charles Baudelaire, tanto en su poesía como en sus reseñas, descubren a esta ciudad inquietando a un espíritu atento y conciente. Describe, cargando la pesada ironía del recuerdo, un nuevo paisaje en el que los andamios dominan el horizonte y los viejos barrios. El poeta parisino presenció la Exposición Universal de 1856 y, tal como se puede entrever en su reseña sobre esa visita, no fue un hecho que se le haya pasado por alto. La conmoción del exilio se asoma de su mirada de los terrenos más familiares, como el Louvre, y lo reúne con el forastero y el desterrado, con los cautivos que añoran la patria remota. París, en finas partículas, se cuela entre los dedos de los que atesoran su vieja figura. Siempre se mantiene al borde de la transgresión de sus propios principios; el viejo París muere y surgen extranjeros nacidos entre sus muros medievales, que apenas vivirán para ver como florece una ciudad nueva. Podría decirse que ese riesgo latente de desobediencia es la parte más esencial de sus principios.


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martes, 23 de febrero de 2016

Teoría III: Buenos Aires, el mejor lugar para volverse pirata


Buenos Aires nació fatalmente como puerto sobre el Plata y creció bajo el inflexible código del mercantilismo y del contrabando. La picardía hispana cobró la renovada forma de viveza y de improvisación. Los enormes huecos que, como parte del hábito nacional, siempre lucieron las instituciones, fueron rellenados oportuna y hábilmente por hombres oportunistas y hábiles. Ese talante local también pudo observarse durante las horas de nieve.
Media hora después de empezar a nevar podíamos ver a algún tipo haciendo rodar una pequeña bolita de nieve por el césped del jardín del Parlamento. Minutos después, había formado una bola de tamaño apto para, a fuerza de mañas, fabricar un muñeco de nieve, compuesto de un 30 % de nieve y un 70 % de barro, cascotes y cualquier otra sustancia dispersa en el piso el jardín. Durante la media hora posterior podrá vérselo cercado de niños y de padres insensatos a los que le estará exponiendo el procedimiento mediante el cual se elaboran los muñecos de nieve. Una hora después, no será raro verlo cobrando cinco pesos para dar clases de cómo hacer muñecos de nieve.
Algo, no sé qué, un prejuicio, una perversidad, algo a lo que uno querría oponerse para no sentirse un vulgar censor, un prejuicio completamente atinado, nos indicaba, desde el momento en que el hombre amasaba la bolita de nieve primigenia, que podía estar preparando un negocio, uno completamente oportuno para la ocasión, que podía haber pensado “si no aprovecho ahora la ganga de los muñecos de nieve ¿cuándo lo voy a hacer?”. ¿Es un prejuicio temer que el rioplatense es un sujeto pragmático y materialista, capaz de aprovechar una fortuita nevada para hacer negocios? Tal vez lo sea pensar que hay clientes de sobra, que los pelotones que se reunían en torno al muñeco levantado por el hipotético mercader para tomarse fotos con él no son prueba suficiente.
Por la mañana, el sol asomó con retraída impunidad. Por más que luchaba por recordar lo de la nieve, todo había sido olvidado; imagino que a todos les había pasado lo mismo; nos derretíamos, fluíamos hacia los desagües de la ciudad. A nadie le gusta el frío, pensé, mientras recordaba algo de la noche: escenas aisladas de muchachos que tomaban fotos de sí mismos, tapando el paisaje de la ciudad nevada; tomaban sus propias caras estrujadas, sonrientes, como si pretendieran relatar la foto en un futuro, diciendo “la sonrisa era porque había nieve”.

Teoría II: una esquina para cada experto




El argentino heredó el entusiasmo hispano, pero lo transformó en una especie de nerviosismo lunático sentimental. Transplantado el español en el ambiente desolado del llano rioplatense, encontró un espacio interminable para expandir el ánimo montaraz que hibernaba en él. El criollo, efecto de este transplante, retrocedió un poco con respecto a sus parientes europeos, tornándose más realista, utilitario y terrenal; consecuencias del mundo inmediato: pastos, vacas y cielo. La necesidad de entender los elementos estimulaba la sagacidad y el juicio empírico de la realidad próxima. De estas condiciones procede una de las manías locales más exclusivas: la de pronunciarse como un experto en todo. El argentino desplegó pericias, que a muchas personas lleva años de indagación, en la mesa de bares o en otro sitio propicio de estas latitudes: las esquinas.
Puede que haya nevado hace noventa años, pero si lo que uno quiere es hallar un experto en nieve no será arduo dar con uno por cada esquina que tenga la ciudad. Cuando acometía el segundo descenso pude asistir a diferentes lecciones en materia de nieve que se dictaban en las esquinas, pero era preciso aligerar el oído para no traspasar la esquina antes de las conclusiones. “Yo te explico”, se escuchaba al cruzar una calle, “la nieve no se acumula en el cordón de la vereda porque…” y la hipótesis se silenciaba a medida que trepábamos la vereda, hasta que al llegar a la siguiente esquina volvíamos a escuchar “¿ves? cuando está por nevar las nubes se ponen blancas y brillantes porque…”.
Fue espeluznante descubrir que este tipo de eventos tan infrecuentes es apto para despertar ese germen tan insufrible en cualquier espíritu que camine por ahí, aún en humanos orgullosos de su moderación; como yo, que en un momento me atrapé discurriendo sobre la presión atmosférica como el más adiestrado de los meteorólogos, un asunto sobre el que jamás he reflexionado, ni leído una sola página.


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Teoría I: porteño desconcertado: la nieve no es tan suave



El camino que conducía de plaza San Martín a plaza Moreno parecía un encaramado sendero de ripios, descendiendo dantescamente hacía círculos profundos, donde el proceder humano se volvía, en cada ladera, más irritante. Alcanzar la catedral fue como despeñarse hasta un frío valle de trivialidades. Los que no habían optado por ver la nieve en la televisión, estaban haciendo con la nieve lo que alguna vez la televisión les dijo que hicieran. Incautos padres instruían a los niños en arrojarse bolas de nieve, que ocasionaban llamativos hematomas. Se me ocurrió entonces que el rioplatense medio, el que no ha tenido ocasión de vacacionar en las montañas, apenas ha visto la nieve en los filmes de navidad norteamericanos. Al jugar a arrojarse nieve, pocos se demoraban más de un instante en notar que estaban lanzando masas de hielo apelmazado y no copos de algodón, como les parecía haber visto en las películas: ese desacierto hizo que algunos volvieran a casa en ambulancia. Mientras mis conciudadanos aprendían esa útil lección, eché un último vistazo en los contornos de la catedral y comencé a escalar las esferas infernales de regreso.

Nieves rioplatenses: Tres teorías sobre el derretimiento del ser nacional

“Se puede ir a la Argentina para todo con tal que no sea para nada”

Josè Ortega y Gasset –El espectador.

 

Una vez, poco después de haberme radicado en La Plata, vi en la vidriera de una agencia de turismo, una fotografía de colores sepia que mostraba a Plaza Moreno y a una catedral a medio construir tapadas por una pálida cubierta. “Nieve”, pensé, acertadamente, “nieve en La Plata”. La foto databa de casi un siglo atrás, de la nevada de 1918. Un breve texto apuntaba “la única que se recuerda en la ciudad de La Plata”, razonable y a la vez redundante: la ciudad apenas estaba brotando en ese entonces. El pasado 9 de julio, cuando salí a la calle a eso de las cinco de la tarde, pensé lo mismo: “nieve”, me dije, acaso en voz alta, mientras miraba por las ventanas cómo la gente de la ciudad veía nevar en la televisión. Las noticias llegaban de varios lugares del país, de lugares donde la nieve era noticia, no desde las montañas ni desde el sur, sino de Rosario o de ciudades de la provincia de Buenos Aires, lo que objetaba la eventualidad de una maniobra del gobernador de la provincia para ganar votos en la elecciones bajo el lema: “nieve para todos en el aniversario de la Independencia”.
Se trataba de nieve real, de la que han visto los egresados del bachillerato en su viaje de fin de curso a Bariloche o de la que hemos visto todos en las películas y en los dibujos animados. Al anochecer, la nevada se volvió súbitamente copiosa. Salí a la calle, por casualidad, y me encontré con un panorama de otras latitudes. Sin pensarlo detuve un taxi en medio de la Avenida 7 y lo insté con romántica violencia a que me condujera rápidamente a Plaza Moreno. Abrigaba una idea completamente inexacta: la catedral neogótica, la plaza de trazo francés llena de coníferas y de tilos deshojados, el Palacio Municipal de estilo renacentista alemán, todo eso arrebatado por la nevisca, por las renovadas fuerzas de un temporal propio de otras tierras; debía encontrar allí un país puro, cubierto de hielo. Esperaba encontrarlo, resueltamente equivocado, a diez cuadras de mi casa.
La ilusión se desvaneció con la presteza con que los copos de nieve se disolvían al tocar el acuoso asfalto. Parodiando el modelo de las películas navideñas norteamericanas o de los viajes de egresados, toda la ciudad se hallaba retozando en el rectángulo de la plaza.



sábado, 20 de febrero de 2016

Falso idilio de un súbdito rioplatense



Pasamos algunos días en una ciudad baja, Chivilcoy, tal vez la más corriente de todas las poblaciones del mundo. Es una ciudad con un trazado urbano típicamente español, es decir, poco original, con su iglesia neo-clásica frente a la plaza principal. El concepto de plaza principal también es español: la ciudad es un satélite de esta plaza. A veces llueven meteoritos, otras veces, alguna deidad aparece para dar algún aviso que cambiará el derrotero de la humanidad; pero los pobladores de esta localidad no podrían dar fe de que hayan ocurrido semejantes cosas.
“Los argentinos somos supersticiosos”- dice el rioplatense, apurado por llegar a la estación de trenes, típicamente inglesa, por donde pasa sólo un tren al día rumbo al puerto sobre el Plata- “Todos sabemos que el precio de seguir siendo un argentino es no pasar mucho tiempo fuera de Buenos Aires; de lo contrario, como esas ruinas de las que cuenta Borges, uno puede llegar a desintegrarse o, lo que es más grave, a convertirse en apátrida para siempre”.
Traté de hallar una tesis para refutar esa sospechosa sentencia, pero me quedé perplejo al ver cómo, al alejarnos de la campaña, el guía recobraba sus olvidadas formas, mientras las mías se volvían ambiguas en el aire.

Según entendemos, en el siglo XIX la ciudad que hemos dejado atrás fue premiada por plagiarle el plano urbano a Baltimore. “Era una época en la que se daban premios por diversos logros”, explica el ciudadano- “Yo nací aquí, cien años más tarde”- apunta, mintiendo, dado que sabemos que no cree en la existencia de rioplatenses más allá de los yermos ejidos que rodean la muralla de la General Paz- “luego, me mudé a otra ciudad a la que amenazan darle un premio si se deshace de los carteles publicitarios vulgares y termina algunas obras céntricas inconclusas”.
Es verdad que La Plata tiene hermosas plazas, una interesante variedad de estilos arquitectónicos, que van desde el bizantino hasta el neogótico y que, de vez en cuando, hay algún recital de piano, trato de replicarle, pero en La Plata ya no se ve el horizonte. Con rápido artilugio me objeta: “Pero las torres que lo ocultan demuestran que todavía hay inmuebles para alquilar, por ejemplo”
Buenos Aires empieza a imponerse mucho antes de llegar a su ancha muralla construida de automóviles en plena carrera. Esta metástasis de húmedo hormigón, diría más tarde el guía rioplatense, demuestra la expansión de la Argentina sobre las bárbaras estepas y los desiertos lejanos. Me resulta arduo rebatirlo por completo: no han sido pocas las ocasiones en las que creí ver sobre el vastísimo llano la sombra cuadriculada que proyecta la nación porteña. Las vías por las que viajamos no son otra cosa que una cuerda tendida desde el puerto para alcanzar de un solo disparo los lugares más apartados: es la cuerda que estrangula las tierras que no se ven.
Con mis últimas fuerzas encuentro evidencias para impugnar las ambiguas creencias de mi compañero de recorrido. Le Corbusier señaló alguna vez que Buenos Aires no tenía arreglo. Mi ingenuo guía tal vez nunca lo meditó, pero si la Argentina es Buenos Aires y Buenos Aires no tiene arreglo, entonces la Argentina no tiene arreglo: un silogismo simple, que no seré yo quien se lo enseñe.


Parte previa: La vista desde el Mar Dulce
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viernes, 19 de febrero de 2016

La vista desde el Mar Dulce

“I account it high time to get to sea as soon as I can” 

Herman Melville -Moby Dick.


Hemos tomado la sombría avenida Uno durante una noche invernal del Meridiano y, tal como marchamos, evitando callejones que conducen al Bosque del área este de la ciudad, podremos embarcarnos sobre una bruma de solidez lacustre. No debe asustarnos que a nuestro paso, algunos nadadores rezagados que han descendido del tren, algún tramo más adelante de nuestro río de nieblas, hayan pasado junto a nuestra barca sin notarnos: se han zambullido en estas neblinas sin remedio en la estación de trenes, nuestro destino, cuando la Uno se encuentre con la Cuarenta y cuatro. Allí nos espera el primer puerto si, cuidándonos de no doblar a la derecha y entrar fatalmente en el Bosque, un monumento de estilo clásico-romanticista francés, que terminó allí por error, se quita su tocado de nieblas.
Nos alejamos y, detrás de ese velo mortecino de la mañana platense que -según Bioy Casares- ha favorecido tanto a los fotógrafos, se nos declara la abovedada estación. Según me cuenta nuestro guía, mientras me conduce a la boletería, este edificio tan notoriamente europeo halló plaza en La Plata al mezclarse los planos de dos estaciones encargadas al mismo arquitecto. El otro plano, el de una estación de estilo neo-colonial, terminó en una pequeña ciudad francesa, por error; allí se levanta, hasta hoy, la estación preparada para La Plata.
De algún modo, se me ocurre, fue un error dichoso: un edificio de figura colonial hubiera sido una letal discordancia en una ciudad erigida completamente según cánones europeos, tan aislada del pasado colonial. La anónima villa francesa tal vez haya tenido menos suerte en ese aspecto; pero no mucha menos que esta ciudad, que no se demoró en montar sus propias discordancias arquitectónicas. Nuestro guía lo ilustra mostrándome una serie de torres con forma de caja de zapato que emergen de entre las obras clásicas. Con cierta consternación le doy la razón a mi compañero: los edificios nuevos son como la interrupción de una misión de la vieja ciudad, un mensaje entrecortado y confuso. Pero él es más optimista; pide dos boletos a un sitio llamado Plaza Constitución y argumenta que esas cajas de zapato son la prueba del triunfo de la ciudad latinoamericana sobre la ciudad europea.
En el tren, me insta a que no me impaciente. “Acomódese, no estamos lejos de la Argentina, llegaremos en lo que usted se descuida”. Durante el corto viaje me inquirí más de una vez sobre qué podía significar eso de no estar muy lejos de la Argentina, en qué país podíamos haber estado hasta entonces o si sería necesario presentar algún pasaporte. Pero entonces recordé lo que suelen decir a este lado del Río de la Plata: que la Argentina termina en Buenos Aires. Allí nos dirigíamos, a la Argentina, a Buenos Aires, a donde se aborda y se sale de un país muy vasto. Tal vez mi guía tomaba muy al pie de la letra esa idea. Decidí, al llegar a Plaza Constitución, nuestro puerto de entrada a la Argentina, comenzar a contrariar las guías de mi guía.