martes, 23 de febrero de 2016

Teoría II: una esquina para cada experto




El argentino heredó el entusiasmo hispano, pero lo transformó en una especie de nerviosismo lunático sentimental. Transplantado el español en el ambiente desolado del llano rioplatense, encontró un espacio interminable para expandir el ánimo montaraz que hibernaba en él. El criollo, efecto de este transplante, retrocedió un poco con respecto a sus parientes europeos, tornándose más realista, utilitario y terrenal; consecuencias del mundo inmediato: pastos, vacas y cielo. La necesidad de entender los elementos estimulaba la sagacidad y el juicio empírico de la realidad próxima. De estas condiciones procede una de las manías locales más exclusivas: la de pronunciarse como un experto en todo. El argentino desplegó pericias, que a muchas personas lleva años de indagación, en la mesa de bares o en otro sitio propicio de estas latitudes: las esquinas.
Puede que haya nevado hace noventa años, pero si lo que uno quiere es hallar un experto en nieve no será arduo dar con uno por cada esquina que tenga la ciudad. Cuando acometía el segundo descenso pude asistir a diferentes lecciones en materia de nieve que se dictaban en las esquinas, pero era preciso aligerar el oído para no traspasar la esquina antes de las conclusiones. “Yo te explico”, se escuchaba al cruzar una calle, “la nieve no se acumula en el cordón de la vereda porque…” y la hipótesis se silenciaba a medida que trepábamos la vereda, hasta que al llegar a la siguiente esquina volvíamos a escuchar “¿ves? cuando está por nevar las nubes se ponen blancas y brillantes porque…”.
Fue espeluznante descubrir que este tipo de eventos tan infrecuentes es apto para despertar ese germen tan insufrible en cualquier espíritu que camine por ahí, aún en humanos orgullosos de su moderación; como yo, que en un momento me atrapé discurriendo sobre la presión atmosférica como el más adiestrado de los meteorólogos, un asunto sobre el que jamás he reflexionado, ni leído una sola página.


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