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sábado, 5 de marzo de 2016

La noche más larga


Diciembre es el mes de los grandes arribos de buques turísticos al puerto de Ushuaia. La mayor parte son barcos antárticos: aquellos que viajan a la Antártida buscando los favores que el verano ofrece en regiones tan inhóspitas.
La luz del sol en plena estación estival persiste por más de diecisiete horas al día. En diciembre y enero, uno puede quedarse perplejo de ver que la medianoche se aproxima en el reloj y el sol no muestra propósitos de moverse. En invierno, la mañana permanece en las sombras hasta muy tarde y el crepúsculo no se hace esperar: a las cinco y media de la tarde el sol, que apenas había atinado a asomarse, vuelve a desplomarse en el horizonte de mar y montañas. A duras penas se queda para ofrecer un día de siete horas. Este prodigio, propio de latitudes como las de Ushuaia, es impulso suficiente para celebrar cada año la Fiesta Nacional de la Noche más Larga.

Rumbo al Oeste, zarpa una embarcación desde Ushuaia. En un rato amarrará en la Bahía Lapataia. Después de una breve procesión por el bosque, la nave llama a un nuevo desembarco y pone proa hacia Punta Tortuga, al Este; pasa por Bahía Ensenada, por la isla Estorbo y Bahía Golondrina. Llega a la Isla de los Lobos y a la Isla de los Pájaros, luego al Faro Les Eclaireurs, para echar anclas de vuelta en Ushuaia, cercada por la hilera de montañas del Martial. Ese es apenas un modelo, la huidiza traza de un paseo por las afueras. Los que imagino son infinitos, si me dejan pensar en naufragios, en conquistas frustradas por el hielo y el viento y en hogueras mágicas.


Parte previa: Terra Incognita Australis

lunes, 29 de febrero de 2016

La cara ajena de la lengua propia

"Milonga del primer tango
que se quebró, nos da igual,
en las casas de Junín
o en las casas de Yerbal" 

Jorge Luis Borges – Milonga para los orientales




Todavía a principios del siglo XX se podía escuchar en las ciudades de Italia llamar "lombardi" a los gangster, en una clara sugerencia a los lombardos que la asaltaron en la Edad Media. El término “lombardo” atravesó el Atlántico con los inmigrantes italianos para tomar en Buenos Aires y Montevideo el nombre de lunfardo durante la segunda mitad de siglo XIX. La alusión seguía siendo la misma: el lunfardo original, el más impenetrable, era un lenguaje de presidiarios. Las más interesantes síntesis léxicas se produjeron en las cárceles donde se encontraban reclusos de diversos orígenes. La jerga se extendió a los hampones de los arrabales y, casi en el mismo proceso, al tango, nacido también en los arrabales. El cocoliche, una variación lingüística surgida del intento de los inmigrantes italianos de hablar el castellano, y el vesre, el particular modo rioplatense de alterar las sílabas de las palabras, también son ingredientes elementales del lunfardo junto con otras palabras que llegaron con el traslado de los gauchos a la ciudad. El tango divulgó este modo singular de hablar hasta sacarlo para siempre de la esfera de las prisiones y de la marginalidad, añadiéndolo al glosario cotidiano de cualquier porteño o montevideano.



En sus Aguafuertes Porteñas, Roberto Arlt hace una breve exposición de un término traído por los genoveses: fiacca, la flaqueza del ánimo. Y también una leve desviación de las acepciones compartidas entre una y otra orilla del río. Cuando un muchacho bostezaba sin parar los genoveses decían que tenía la fiacca, un desgano producido por la necesidad de ingerir alimento. De esa manera, mientras en la Argentina tener fiaca es exclusivamente no tener ganas de hacer nada, en Uruguay es estar cayéndose de hambre. No por nada el río es tan ancho. Los argentinos vemos, al igual que los uruguayos, nuestra propia lengua reflejada en el espejo: un ejemplo, entre muchos, en el que la frontera política no hace a la extranjeridad, por supuesto, si me está permitido sospechar que la primera fuente de hostilidad que encuentra un extranjero es la lengua del otro: llegar a un país y que te saluden en la lengua local, sin preguntarte cual es la tuya, y obligarte a saludar en la lengua local. El Río de la Plata, en una limitada declaración de hospitalidad, se presenta como una pequeña nación idiomática en la que uno puede traspasar las fronteras internas sin sentir que se ha vuelto extranjero. Estar en Buenos Aires, Rosario, La Plata o Montevideo, es más o menos lo mismo. Hostis y hospes, las dos significaban “extranjero” para el antiguo romano, amigo de tener enemigos; todo depende de cómo decidas recibir al extranjero.



Parte previa Breve busca de lo afro-rioplatense

domingo, 28 de febrero de 2016

Breve busca de lo afro-rioplatense

"Tenía una pendencia con esta nación oriental,
que me importaba mucho más que el color o sabor de las aguas
del gran estuario que lava los mugrientos pies de su reina;
pues esta Troya Moderna, esta ciudad de luchas, asesinatos
y muertes repentinas, también se llama la Reina del Plata."

G. H. Hudson – La tierra purpúrea.



El siguiente es un breve y apresurado rodeo en la historia argentina que intentará contribuir a nuestra modesta historia del habla de todo el Río de la Plata y también a la de la cortesía oriental.
El castellano rioplatense es una variedad de la lengua española hablada desde Rosario a La Plata, a ambos lados del ancho río. Más tarde, cuando nos detengamos en el lunfardo, nos preguntaremos cómo puede abundar en voces africanas sin que haya un africano a la vista a lo largo de toda la Argentina. La historia es así: la Argentina, cómo todos los países coloniales, jugó un tiempo a la esclavitud, pero no tardó en aburrirse y abolirla. Después de eso, una imponente cifra de esclavos libres provenientes del Congo, el golfo de Guinea y el sur de Sudán, quedó vacante y en la miseria en las calles hasta que el gobierno recordó lo útiles que habían sido muriendo por la patria durante las guerras de la Independencia en las milicias libertadoras y lo mal que se ajustaban al proyecto de esa nueva comedia que llamaron crisol de razas –europeas, claramente- expresada en la Constitución Nacional de 1853. A finales de la década de 1860, la intervención de la Argentina en la Guerra del Paraguay se presentó cómo una inestimable oportunidad para el alistamiento forzado de afro-argentinos. Durante esos años asistimos a la extinción de gran parte de los africanos argentinos así como al brutal declive de la población masculina del Paraguay. Los sobrevivientes de la guerra y de la fiebre amarilla emigraron al Uruguay, donde la comunidad africana gozaba de un ambiente social más próspero y había sido tradicionalmente más numerosa. Uruguay fue el destino predilecto en una región en la que dominaba el racismo europeísta, en una frontera, y un tardío abolicionismo, en la otra. Así se constituyó tempranamente una colectividad afro-uruguaya que le dio forma a la cultura, el folklore y el semblante general del país, especialmente al Uruguay urbano, con el candombe y el carnaval.



La influencia africana en el habla de Río de la Plata es un hecho incuestionable y se percibe en expresiones culturales tan propias de Buenos Aires y Montevideo como el tango, cuya etimología también es africana. Quilombo, tamango, milonga, canyengue son vocablos de uso frecuente en lírica tanguera y en el ambiente de los arrabales, donde el africano confluyó con el andaluz y con el genovés y con el alemán que trajo el bandoneón en su maleta.


Parte previa: El espejo Oriental o el lado amable del Plata
Parte siguiente: La cara ajena de la lengua propia

El espejo Oriental o el lado amable del Plata

"Puerta falsa en el tiempo, tus calles miran al pasado más leve.
Claror de donde la mañana nos llega, sobre las dulces aguas turbias.
Antes de iluminar mi celosía tu bajo sol bienaventura tus quintas.
Ciudad que se oye como un verso.
Calles con luz de patio."


Jorge Luis Borges –Montevideo
 

De la mirada de los turistas más distraídos que visitan la Argentina se podría deducir que lo mejor de Buenos Aires son los uruguayos. Conozco a algunos que han tomado sus aviones y sus barcos y sus naves espaciales de vuelta a sus países y planetas con una inmejorable impresión del espécimen porteño; la razón: los uruguayos de la ciudad, tan atentos con los turistas perdidos y tan pacientes con los que hacen consultas que irritarían al más Zen de los porteños. Uruguayos y argentinos, ciudadanos de un alargado reino litoral, comparten el mismo vocabulario y un fenotipo perfectamente confundible, en el que un rancio alquimista mezcló en distintas proporciones a italianos, españoles, portugueses y franceses, con una pizca más de africanos para el Uruguay y un toque de vanidad europeizante para la Argentina, que hacen que los primeros, al rondar las calles de Buenos Aires, sean una excelente propaganda para los segundos.



La Argentina es un gran pueblo sustentador de grandísimas fábulas. La leyenda de las Pampas como esencia del carácter nacional y otros esencialismos típicos, como el del tucumano cleptómano y el cordobés embaucador, la vieja y complaciente alegoría de la Australia americana o el Canadá sureño, hasta llegar al curioso dialogo entre olavarrienses y azuleños, separados por el arroyo del Azul, llamándose unos a otros “uruguayos”, están entre los tipos más inocentes de nuestra mitología. Pero como todos los ríos, el Plata, tiene dos orillas, aunque no se vean. Hay una orilla azul del otro lado, una playa luminosa y cordial llamada Uruguay, de donde viene y a donde va esa generosa estirpe que cuida a nuestros turistas, nativos con acentos que van del entrerriano al porteño y son parte de una gran nación tácita, de un país secreto, implícito en las cuencas y las franjas de agua que serpentean lentamente y recuerdan viejas barcazas en las que se murmuraba el español y el portugués, y a otras más nuevas navegando con voces en inglés, en gallego, en occitano, en mapuche, quechua y guaraní.
 
 En teoría, soy un ciudadano uruguayo, casi tanto como argentino. Mi nueva hipotética nacionalidad, desde una vez que se me extravió el documento de identidad, podría ser llamada mercosureña, con un poco de esfuerzo. Pero no es ese el lazo que me liga al país trans-platino, sino la de ser deudores de una comunidad de lenguas que me convierte en uno más, del mismo modo en que convierte en uno más a cada uruguayo que pisa suelo argentino.

Parte siguiente: Breve busca de lo afro-rioplatense

martes, 23 de febrero de 2016

Teoría III: Buenos Aires, el mejor lugar para volverse pirata


Buenos Aires nació fatalmente como puerto sobre el Plata y creció bajo el inflexible código del mercantilismo y del contrabando. La picardía hispana cobró la renovada forma de viveza y de improvisación. Los enormes huecos que, como parte del hábito nacional, siempre lucieron las instituciones, fueron rellenados oportuna y hábilmente por hombres oportunistas y hábiles. Ese talante local también pudo observarse durante las horas de nieve.
Media hora después de empezar a nevar podíamos ver a algún tipo haciendo rodar una pequeña bolita de nieve por el césped del jardín del Parlamento. Minutos después, había formado una bola de tamaño apto para, a fuerza de mañas, fabricar un muñeco de nieve, compuesto de un 30 % de nieve y un 70 % de barro, cascotes y cualquier otra sustancia dispersa en el piso el jardín. Durante la media hora posterior podrá vérselo cercado de niños y de padres insensatos a los que le estará exponiendo el procedimiento mediante el cual se elaboran los muñecos de nieve. Una hora después, no será raro verlo cobrando cinco pesos para dar clases de cómo hacer muñecos de nieve.
Algo, no sé qué, un prejuicio, una perversidad, algo a lo que uno querría oponerse para no sentirse un vulgar censor, un prejuicio completamente atinado, nos indicaba, desde el momento en que el hombre amasaba la bolita de nieve primigenia, que podía estar preparando un negocio, uno completamente oportuno para la ocasión, que podía haber pensado “si no aprovecho ahora la ganga de los muñecos de nieve ¿cuándo lo voy a hacer?”. ¿Es un prejuicio temer que el rioplatense es un sujeto pragmático y materialista, capaz de aprovechar una fortuita nevada para hacer negocios? Tal vez lo sea pensar que hay clientes de sobra, que los pelotones que se reunían en torno al muñeco levantado por el hipotético mercader para tomarse fotos con él no son prueba suficiente.
Por la mañana, el sol asomó con retraída impunidad. Por más que luchaba por recordar lo de la nieve, todo había sido olvidado; imagino que a todos les había pasado lo mismo; nos derretíamos, fluíamos hacia los desagües de la ciudad. A nadie le gusta el frío, pensé, mientras recordaba algo de la noche: escenas aisladas de muchachos que tomaban fotos de sí mismos, tapando el paisaje de la ciudad nevada; tomaban sus propias caras estrujadas, sonrientes, como si pretendieran relatar la foto en un futuro, diciendo “la sonrisa era porque había nieve”.

Teoría II: una esquina para cada experto




El argentino heredó el entusiasmo hispano, pero lo transformó en una especie de nerviosismo lunático sentimental. Transplantado el español en el ambiente desolado del llano rioplatense, encontró un espacio interminable para expandir el ánimo montaraz que hibernaba en él. El criollo, efecto de este transplante, retrocedió un poco con respecto a sus parientes europeos, tornándose más realista, utilitario y terrenal; consecuencias del mundo inmediato: pastos, vacas y cielo. La necesidad de entender los elementos estimulaba la sagacidad y el juicio empírico de la realidad próxima. De estas condiciones procede una de las manías locales más exclusivas: la de pronunciarse como un experto en todo. El argentino desplegó pericias, que a muchas personas lleva años de indagación, en la mesa de bares o en otro sitio propicio de estas latitudes: las esquinas.
Puede que haya nevado hace noventa años, pero si lo que uno quiere es hallar un experto en nieve no será arduo dar con uno por cada esquina que tenga la ciudad. Cuando acometía el segundo descenso pude asistir a diferentes lecciones en materia de nieve que se dictaban en las esquinas, pero era preciso aligerar el oído para no traspasar la esquina antes de las conclusiones. “Yo te explico”, se escuchaba al cruzar una calle, “la nieve no se acumula en el cordón de la vereda porque…” y la hipótesis se silenciaba a medida que trepábamos la vereda, hasta que al llegar a la siguiente esquina volvíamos a escuchar “¿ves? cuando está por nevar las nubes se ponen blancas y brillantes porque…”.
Fue espeluznante descubrir que este tipo de eventos tan infrecuentes es apto para despertar ese germen tan insufrible en cualquier espíritu que camine por ahí, aún en humanos orgullosos de su moderación; como yo, que en un momento me atrapé discurriendo sobre la presión atmosférica como el más adiestrado de los meteorólogos, un asunto sobre el que jamás he reflexionado, ni leído una sola página.


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Teoría I: porteño desconcertado: la nieve no es tan suave



El camino que conducía de plaza San Martín a plaza Moreno parecía un encaramado sendero de ripios, descendiendo dantescamente hacía círculos profundos, donde el proceder humano se volvía, en cada ladera, más irritante. Alcanzar la catedral fue como despeñarse hasta un frío valle de trivialidades. Los que no habían optado por ver la nieve en la televisión, estaban haciendo con la nieve lo que alguna vez la televisión les dijo que hicieran. Incautos padres instruían a los niños en arrojarse bolas de nieve, que ocasionaban llamativos hematomas. Se me ocurrió entonces que el rioplatense medio, el que no ha tenido ocasión de vacacionar en las montañas, apenas ha visto la nieve en los filmes de navidad norteamericanos. Al jugar a arrojarse nieve, pocos se demoraban más de un instante en notar que estaban lanzando masas de hielo apelmazado y no copos de algodón, como les parecía haber visto en las películas: ese desacierto hizo que algunos volvieran a casa en ambulancia. Mientras mis conciudadanos aprendían esa útil lección, eché un último vistazo en los contornos de la catedral y comencé a escalar las esferas infernales de regreso.

sábado, 20 de febrero de 2016

Promesa del conquistador al hambre del pionero

La Fortuna debe custodiar a los viajeros. Desde una crujiente balsa vislumbro la playa yerma y negra, una galería de bosques y, detrás, vedada a la vista, una promesa de tierra infinita. Es esta promesa de tierra la que me mantiene timoneando la armadía a prudente trecho de la costa.
Al dormir sueño con batallas: amigos me traicionan y enemigos se vuelven mis amigos. Me resigno a tolerar asedios, como las ciudades antiguas, pero desde la ciudad en mi balsa. No puedo imaginar ningún futuro.
Pero otros tripulantes, reclinados en la desvencijada cubierta, heridos por mi firmeza de no atracar, descreen de que en el agua estemos a salvo, de que mientras estemos a esta discreta distancia del litoral tendremos innumerables mundos por fundar, pero que al desembarcar sólo lograremos fundar uno, el mismo de ultramar, el encomendado antes del naufragio: el mundo de tierra adentro.
Ellos planean campañas, invasiones, asaltos, aldeas llenas de cautivos y animales de tiro, rutas sin término entrando en la tierra hacia el oro y las canteras, saqueos, matanzas, crucifixiones, metrópolis portuarias y surcos sobre el terreno, surcos indelebles. Se les inflaman los ojos al pensar en ciudades fundadas para ser destruidas y ciudades fundadas por su misma destrucción. Mi timón zozobra sobre las olas de este extraño mar de agua dulce, frente a orillas prohibidas, en el que mis insensatos compañeros ven flotar limaduras de plata y exclaman: “Atraquemos este ruinoso maderamen en esas playas ¿nos ves que brillan como la plata?”
Estirpes numerosas se acumulaban en la ribera, en ese puerto vedado a nuestra balsa, ignorados ganaderos con sus feroces tropillas y aves que heredaron vigoroso aleteo. Mis compañeros, inexpertos, se levantan para verlos. “Allá están- piensa- tal cómo los vislumbré”. Poblaciones enteras de perversos delatores siguen llegando a las barrancas de nuestro abismo fluvial. Los irreflexivos recuperan el aliento, se yerguen sobre los malogrados miembros. Contemplar no les basta ya y olvidan la inanición y el agotamiento. Llegan piratas del pasado, opacos visionarios, aventureros devenidos en guardias de tierra adentro, soldados convertidos en tenderos, héroes reducidos a mercachifles, extraños paisanos que emergen de las praderas sin fin. Es el verdadero naufragio: el fin de la promesa de tierra sin fin.



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Falso idilio de un súbdito rioplatense



Pasamos algunos días en una ciudad baja, Chivilcoy, tal vez la más corriente de todas las poblaciones del mundo. Es una ciudad con un trazado urbano típicamente español, es decir, poco original, con su iglesia neo-clásica frente a la plaza principal. El concepto de plaza principal también es español: la ciudad es un satélite de esta plaza. A veces llueven meteoritos, otras veces, alguna deidad aparece para dar algún aviso que cambiará el derrotero de la humanidad; pero los pobladores de esta localidad no podrían dar fe de que hayan ocurrido semejantes cosas.
“Los argentinos somos supersticiosos”- dice el rioplatense, apurado por llegar a la estación de trenes, típicamente inglesa, por donde pasa sólo un tren al día rumbo al puerto sobre el Plata- “Todos sabemos que el precio de seguir siendo un argentino es no pasar mucho tiempo fuera de Buenos Aires; de lo contrario, como esas ruinas de las que cuenta Borges, uno puede llegar a desintegrarse o, lo que es más grave, a convertirse en apátrida para siempre”.
Traté de hallar una tesis para refutar esa sospechosa sentencia, pero me quedé perplejo al ver cómo, al alejarnos de la campaña, el guía recobraba sus olvidadas formas, mientras las mías se volvían ambiguas en el aire.

Según entendemos, en el siglo XIX la ciudad que hemos dejado atrás fue premiada por plagiarle el plano urbano a Baltimore. “Era una época en la que se daban premios por diversos logros”, explica el ciudadano- “Yo nací aquí, cien años más tarde”- apunta, mintiendo, dado que sabemos que no cree en la existencia de rioplatenses más allá de los yermos ejidos que rodean la muralla de la General Paz- “luego, me mudé a otra ciudad a la que amenazan darle un premio si se deshace de los carteles publicitarios vulgares y termina algunas obras céntricas inconclusas”.
Es verdad que La Plata tiene hermosas plazas, una interesante variedad de estilos arquitectónicos, que van desde el bizantino hasta el neogótico y que, de vez en cuando, hay algún recital de piano, trato de replicarle, pero en La Plata ya no se ve el horizonte. Con rápido artilugio me objeta: “Pero las torres que lo ocultan demuestran que todavía hay inmuebles para alquilar, por ejemplo”
Buenos Aires empieza a imponerse mucho antes de llegar a su ancha muralla construida de automóviles en plena carrera. Esta metástasis de húmedo hormigón, diría más tarde el guía rioplatense, demuestra la expansión de la Argentina sobre las bárbaras estepas y los desiertos lejanos. Me resulta arduo rebatirlo por completo: no han sido pocas las ocasiones en las que creí ver sobre el vastísimo llano la sombra cuadriculada que proyecta la nación porteña. Las vías por las que viajamos no son otra cosa que una cuerda tendida desde el puerto para alcanzar de un solo disparo los lugares más apartados: es la cuerda que estrangula las tierras que no se ven.
Con mis últimas fuerzas encuentro evidencias para impugnar las ambiguas creencias de mi compañero de recorrido. Le Corbusier señaló alguna vez que Buenos Aires no tenía arreglo. Mi ingenuo guía tal vez nunca lo meditó, pero si la Argentina es Buenos Aires y Buenos Aires no tiene arreglo, entonces la Argentina no tiene arreglo: un silogismo simple, que no seré yo quien se lo enseñe.


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viernes, 19 de febrero de 2016

La vista desde el Mar Dulce

“I account it high time to get to sea as soon as I can” 

Herman Melville -Moby Dick.


Hemos tomado la sombría avenida Uno durante una noche invernal del Meridiano y, tal como marchamos, evitando callejones que conducen al Bosque del área este de la ciudad, podremos embarcarnos sobre una bruma de solidez lacustre. No debe asustarnos que a nuestro paso, algunos nadadores rezagados que han descendido del tren, algún tramo más adelante de nuestro río de nieblas, hayan pasado junto a nuestra barca sin notarnos: se han zambullido en estas neblinas sin remedio en la estación de trenes, nuestro destino, cuando la Uno se encuentre con la Cuarenta y cuatro. Allí nos espera el primer puerto si, cuidándonos de no doblar a la derecha y entrar fatalmente en el Bosque, un monumento de estilo clásico-romanticista francés, que terminó allí por error, se quita su tocado de nieblas.
Nos alejamos y, detrás de ese velo mortecino de la mañana platense que -según Bioy Casares- ha favorecido tanto a los fotógrafos, se nos declara la abovedada estación. Según me cuenta nuestro guía, mientras me conduce a la boletería, este edificio tan notoriamente europeo halló plaza en La Plata al mezclarse los planos de dos estaciones encargadas al mismo arquitecto. El otro plano, el de una estación de estilo neo-colonial, terminó en una pequeña ciudad francesa, por error; allí se levanta, hasta hoy, la estación preparada para La Plata.
De algún modo, se me ocurre, fue un error dichoso: un edificio de figura colonial hubiera sido una letal discordancia en una ciudad erigida completamente según cánones europeos, tan aislada del pasado colonial. La anónima villa francesa tal vez haya tenido menos suerte en ese aspecto; pero no mucha menos que esta ciudad, que no se demoró en montar sus propias discordancias arquitectónicas. Nuestro guía lo ilustra mostrándome una serie de torres con forma de caja de zapato que emergen de entre las obras clásicas. Con cierta consternación le doy la razón a mi compañero: los edificios nuevos son como la interrupción de una misión de la vieja ciudad, un mensaje entrecortado y confuso. Pero él es más optimista; pide dos boletos a un sitio llamado Plaza Constitución y argumenta que esas cajas de zapato son la prueba del triunfo de la ciudad latinoamericana sobre la ciudad europea.
En el tren, me insta a que no me impaciente. “Acomódese, no estamos lejos de la Argentina, llegaremos en lo que usted se descuida”. Durante el corto viaje me inquirí más de una vez sobre qué podía significar eso de no estar muy lejos de la Argentina, en qué país podíamos haber estado hasta entonces o si sería necesario presentar algún pasaporte. Pero entonces recordé lo que suelen decir a este lado del Río de la Plata: que la Argentina termina en Buenos Aires. Allí nos dirigíamos, a la Argentina, a Buenos Aires, a donde se aborda y se sale de un país muy vasto. Tal vez mi guía tomaba muy al pie de la letra esa idea. Decidí, al llegar a Plaza Constitución, nuestro puerto de entrada a la Argentina, comenzar a contrariar las guías de mi guía.

jueves, 18 de febrero de 2016

La condición de la vida en el caos absoluto o ¿dónde quedó la necesidad?


No hay enigma detrás la arquitectura contemporánea, es transparente, no hay un detrás de ella; se trata de la distancia justa y necesaria, sin reservar nada para después, tampoco hay después. Su intención es, no obstante, mostrar más de lo que hay. Es modesta, pero no moderada: su presencia como arquitectura sólo se manifiesta, cómo cuerpo sólido y autónomo, mediante gestos cautelosos, microscópicos mensajes publicitarios alusivos a sus propias técnicas de elaboración: detrás de las piezas visibles de maquinaria y del nombre de la firma que lo fabricó, tal vez encontremos el sencillo y translúcido elevador de un centro comercial. Los únicos mensajes duraderos están restringidos a la información objetiva; eso está allí, dicen los mensajes. El caso del elevador se transcribe en los abrumadores anuncios que bordean las autopistas interurbanas: el contenido de estos es el centro de un detallado examen previo, a través de numerosos rastreos se evita tropezar con tal o cual condición de usuario
Desde el reloj de pulsera hasta las mega-estructuras cristalinas de bancos, oficinas e hipermercados, se han desplegado verdaderos mecanismos de alineación, en los que la clave es la exposición y el control permanente. Pero la validez del control no está asegurada por esta exposición que permiten las paredes transparentes de la ciudad, sino por la pauta de sujeto que produce esta configuración intangible: el gran hallazgo del ahorro es que allí donde se lo puede ver bien, es donde está lo que todo el mundo quiere.
La arquitectura no divide porque en nuestras sociedades todo es continuo y debe expresar esta continuidad de estantería comercial. La meta de la arquitectura actual es “construir las secciones del hipermercado social”, dice Houllebecq. Que ya no haya una arquitectura demarcadora no indica que haya más libertad; se trata de ordenar un espacio impreciso, vago, para que pueda producirse cualquier clase de traslado o despliegue.
La nueva arquitectura, transparente, señalizada, resultado de esa exhaustiva gestión propagandista, que el usuario está lejos de sentir como una exigencia arbitraria, en principio, formula que la vida es dirigida por una extensa trama publicitaria. Una publicidad que engendra criaturas temerosas de los peligros urbanos, que no dudan en volverse soplonas de la publicidad en favor del confort.
El confort se lleva a cabo anulando al prójimo, conectándolo al Messenger, por ejemplo, modelándolo hasta volverlo confiable. El otro: ese es mi enemigo interno al que puedo aniquilar mediante un inocente pero decisivo artilugio de desaliento: agregarlo a mi lista de contactos del celular. Cuando los medios de vida están exageradamente estereotipados sólo se expresan los elementos de la herencia humana que se adaptan al contexto predominante. La arquitectura contemporánea personifica ese vivir en ningún mundo; no representa al usuario de minicomponentes gigantes que en los 90 alardeaba del Pioneer que decoraba su departamento frente al Central Park, sino al discreto usuario de Ipods y minúsculos celulares del siglo XXI: ese estar conectado constantemente, ese estar informado acerca de nada, es la forma más optimista de destrucción del mundo, de modos posibles y desconocidos de mundo. Si algún día llego en buque al puerto de Buenos Aires estaré advertido de eso.


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miércoles, 17 de febrero de 2016

La condición de la vida en la ciudad o el nuevo usuario del mundo


El surgimiento de las grandes ciudades, con periferia, distritos contiguos, concentración de la población, concentración de los medios de vida, concentración de las edificaciones, concentración, concentración y más concentración, es un hecho que podría parecernos más reciente si no hubiera sido disimulado por la velocidad con que se produjeron las mutaciones. La puntualidad que, según Georg Simmel, era la condición de la vida urbana, estaba encarnada en el reloj portátil: un mecanismo temporal, fijo, que evitaba el uso irracional e intuitivo del tiempo, esencial para la nueva clase de interacciones urbanas.
En la ciudad cada uno ha recibido, lo haya querido o no, una porción del área edificada. Colisionamos permanentemente contra el inconveniente modo de equipar el inmueble contemporáneo: los usos padecen una separación, no los habitantes; los usos y algo dentro del habitante quedan separados, sin embargo, las personas se mantienen en una apariencia de contacto imaginario que limita la posible transgresión de la rutina. Encargarse de la ciudad es encargarse físicamente de sus habitantes, acomodarlos, archivarlos, proveerlos de un enfoque.




El reloj pulsera y la puntualidad eran la condición de la vida urbana de las metrópolis ¿Cuál es la condición de la vida en los descomunales cúmulos conurbanos contemporáneos? Los desplazamientos se aceleran excesivamente, entonces dejan de ser desplazamientos humanos. La ciudad actual desaparece con la aceleración, cubierta del polvo levantado por nuevas formas del mundo, al atravesar a velocidades inhumanas las autopistas vacías de un viejo mundo que fue nuevo, tal vez, unas horas atrás. La condición de la vida de la megalópolis deja de ser la diligencia; hay otro tipo de precisión, vinculada a que todo lo importante puede hacerse desde lejos y, tal vez, a que el ciudadano común se resiste a hacer cosas importantes. La condición para la vida en la megalópolis termina siendo, de un modo tramposo, la adaptación a una vida en constante comunicación. Las alternativas para el hombre urbano del presente son quedar inacabado, en los términos de la cultura vigente, o ser completado por un enredado tejido de cachivaches inteligentes: el hombre incompleto o la tentativa de tecno-hombre. El mejor comunicado es el mejor adaptado, pero ¿acaso hay algo urgente que realmente necesite saber el hombre altamente adaptado, el hombre conectado de hoy.

La vida nerviosa en la nueva megalópolis

"Toda la arquitectura contemporánea debe ser considerada como un enorme dispositivo de aceleración y de racionalización de los desplazamientos humanos"

Michel Houellebecq -Aproximaciones al desarraigo.



 

Son las dos de la madrugada de alguno de esos días sin nombre entre la Navidad y el Año Nuevo; doy un paseo por mi ciudad natal tratando de capturar con el rostro el único soplo de aire fresco que habrá antes de que el sol del verano austral derrita las elegantes y gélidas figuras nocturnas. Este inoportuno derretimiento confirmará algo que sospeché durante toda la madrugada, que las nuevas edificaciones de la ciudad tienen forma de reproductores de mp3: cuanto más recientes, más similares a un aparato de última tecnología. No me asombro demasiado: algunas obras, desde hace algunos años, me han estado preparando para esto; tiempos en los que creía ver heladeras gigantes crecer en el centro de la pequeña ciudad, para luego, con algo más de perplejidad, encontrar un CPU de 40 metros de altura con el mouse estacionado en un pad de césped artificial, con botones de reset, entradas de USB, balcones en forma de lector de DVD desde los que minúsculos e inverosímiles habitantes se asomaban para ver fuera del aparato, igual que si se asomaran desde una maqueta. Hoy ya no puedo alarmarme al ver una torre con la forma de un artefacto nunca visto: puede ser que los arquitectos se hayan anticipado a su salida a algún restringido mercado o la hayan copiado de un boceto aplazado de la NASA. Ya no me sorprende nada de eso, no después de ver que la torre-heladera jamás se ha abierto para dejar salir titánicos cubos de hielo de su terraza-freezer, no después de entrar y salir cientos de veces por la autopista Buenos Aires-La Plata y, antes de bordear ese puerto gris y anacrónico, vislumbrar las brillantes torres del naciente y exclusivo barrio de Puerto Madero, donde la arquitectura, en complicidad con el embarcadero, se presenta como una advertencia para la embarcación que llega: “si quiere ver un mundo nuevo, no baje”, parece decir el reluciente distrito costero; quien no esté preparado para atracar en una ciudad que cambia de lenguaje como de corbata, mejor será que permanezca en el agua. Esa es la razón del brote de tantos edificios con forma de microchip en la costa porteña: la mentira de una ciudad viva debe empezar donde empieza la ciudad.


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