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miércoles, 24 de febrero de 2016

La ciudad modelo



El Grande Arche se construyó en 1989 en el distrito financiero de La Défense, manifestando el consenso de mantener la ciudad a una estatura discreta. El monumento de 110 metros de altura que celebra el segundo centenario de la Revolución Francesa, está ubicado en línea recta cruzando la plaza del Arco del Triunfo y es uno de los proyectos más notorios realizados recientemente por el gobierno francés. Luego de que el fiasco de la inoportuna obra de un rascacielos en pleno París haussmaniano hiciera que los constructores renunciaran para siempre a esa clase de proyectos, la ciudad pudo renovar esa presencia que le da la autoridad de ser la más clásica y la más moderna sin caer en torpes ataques a su propio lenguaje. La Défense es un moderno barrio de negocios situado al oeste de París, como prolongación del eje histórico que comienza en el Louvre y sigue por Champs Elysées. Está compuesto de audaces torres de oficinas, unidas por 31 hectáreas de explanada para el uso de caminantes. Los jardines colgantes y las obras de arte le dan el aspecto de un museo al aire libre dentro del área comercial más importante de Europa.
Como la capital de la moda desde el siglo XVIII, París tuvo el rasgo principal de concentrar la novedad, de ser un centro de gravedad creador de una industria de las tendencias. El resultado final de los trabajos de Haussmann fue poner de moda a la ciudad; el baluarte de la torre Eiffel, inseparable del perfil parisino, fue la conclusión de la serie de arreglos que hizo en París durante 20 años para darle el semblante actual. La torre Eiffel no sólo puso punto final al laberinto de la antigua urbe -hoy podríamos sospechar que es más fácil perderse en las cercanías del asombroso monumento que internándose en la intrincada ciudad- además, logró que la sede de la Exposición de mercancías se vuelva mercancía y que la sede ancestral de la moda se vuelva ella misma moda, de un solo golpe, como si edificándola encintaran el paquete en el que ofrecían la nueva ciudad, poniéndola a disposición de un público más indolente: el carácter tan especial de esa oferta la hizo accesible al viajero común: su destino no podía ser otro que el de devenir en una ciudad de moda.
Durante los últimos 100 años París ha conservado el rango de la ciudad más visitada del mundo. Pero para que del visitante nazca el turista, es preciso que la travesía del viaje sea expiada de todo lo que tiene de peligroso y de incierto: el turista es un viajero de aventuras, pero sin aventuras. Los mayores destinos turísticos siempre se han ocupado de brindarse en amables paquetes, en ellos no está contenido el extraviarse, ni el ser asaltado, ni ser devorado por fieras salvajes. Imagino que por eso hoy le damos el nombre de turismo, que viene de tour, una expresión francesa para designar una forma muy especial de viaje, que no es viaje sino circuito, vuelta: el viaje con el itinerario envasado. No parece casual que la expresión sea francesa, tampoco que los franceses pensaran en esa forma tan especial de viaje que es el tour.


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La campiña de mampostería

“La tapa de una caja sana cuyo borde no estaría abollado, una tapa
así no debería tener otro deseo que encontrarse sobre su caja”

Rainer María Rilke -Los cuadernos de Malte Laurids Brigge.


En un curioso efecto de fractal, que sin ningún tipo de casualidad intimidó por momentos a Baudelaire, la sede de la exhibición de mercancías más grande del mundo, se vuelve ella misma una mercancía: París no sólo había sido capaz de convertirse en un tipo muy especial de mercancía dentro de la cual residían otras mercancías, sino que, en el mismo movimiento había pasado de ser el centro de gravitación de la moda a ser una moda propiamente dicha. Ese segundo pasaje, vinculado con la novedosa posibilidad de ver a la ciudad en una vidriera o un stand, no tardó en volverse posibilidad de llevarse la ciudad como souvenir. Es curioso notar cómo la ciudad francesa terminó desplazando, a principios del siglo XX, a la concurrida Venecia como ciudad de visita obligada sin que se haya producido ninguna variación hasta hoy. A diferencia de otras metrópolis de la moda, París, sin más remedio, se desarrolló como una ciudad de moda cosmopolita, una especie de capital del planeta en esa clase de asuntos.
Aterradora y fascinante a la vez, la ciudad fue cobrando vida propia, moviéndose por sí misma, ajena a la voluntad de sus habitantes, resolviendo su propia providencia, como si el hormiguear constante en sus resquicios fuera una torpe ilusión y ella misma controlara a los urbanistas, arquitectos y albañiles para mutar. Una especie de monstruo gigante en aparente inmovilidad, pero con tanta agilidad como la tapa que rueda lejos de la caja, lejos de su función deseada, y resuelve ser una amenaza para los hombres, pero un bien para ella misma: una ciudad así, tal vez sólo exigía el mecanismo de un corazón, de un pulmón, de un motor de vida que la despertara: en París puede haber sido la gran torre, llegada tardíamente, pero que empezó a latir en el centro de la ciudad y, con ella, toda la ciudad.
El esperado reencuentro del urbanismo con la política durante el siglo XIX fue visto como soplo reparador que reunía las piezas dispersas del entramado urbano. Desde esta perspectiva, el urbanista volvía a encontrarse con el arquitecto: la ciudad le daba una forma concluyente a un concepto. Basta con evocar el abrumador campo de escombros en el que se había convertido París en tiempos de Haussmann, las áreas enteras convertidas en parajes marcados, o los antiguos jardines reformados sin compasión en plazas, para entender de qué se trataba la serie de cálculos que se operaba sobre el medio ambiente de la época.


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Exposición Universal y paisaje de albañilería

“Se fue el viejo París (De una ciudad la forma
ay, cambia más de prisa que un corazón mortal.)”


Charles Baudelaire –El cisne.



En una ciudad, como dijo de Walter Benjamin, uno también debe aprender a perderse; es una tarea tanto o más ardua que saber orientarse en ella. Dar con el distrito donde las calles se enredan, donde los letreros son traicioneros, perderse en un laberinto de edificios, fábricas, palacios y veredas, ver espejismos de lugares conocidos bajo la consternación y el despecho de creer haber encontrado a la distancia un puesto de avanzada que nos lleve de regreso al camino familiar: un trabajo mucho más adecuado para los niños y para los olvidados viajeros en busca de aventura de otras épocas que para el turista típico del siglo XXI, a quien la ciudad le es ofrecida en un envoltorio de encomienda listo para ser abierto. La principal mercancía exhibida en la Exposición Universal de 1889, en París, fue la ciudad misma. No puede parecernos ocasional el reproche y la duda de algunos artistas de la época hacia el símbolo de la Exposición: la Torre Eiffel. Esta no sólo remataba la ciudad, cómo un disparo final de las reformas de Haussmann al París medieval, celebrando el estreno de una referencia visible desde cualquier pasadizo de la ciudad, sino que la hacía consumible con sólo echar una mirada, igual que el resto de las mercancías exhibidas.



Los agudos contrastes de la trama parisina son un modelo de reglas y excepciones, de reglas que son excepcionales y de excepciones que se vuelven reglas. Los panoramas que nos ofrece Charles Baudelaire, tanto en su poesía como en sus reseñas, descubren a esta ciudad inquietando a un espíritu atento y conciente. Describe, cargando la pesada ironía del recuerdo, un nuevo paisaje en el que los andamios dominan el horizonte y los viejos barrios. El poeta parisino presenció la Exposición Universal de 1856 y, tal como se puede entrever en su reseña sobre esa visita, no fue un hecho que se le haya pasado por alto. La conmoción del exilio se asoma de su mirada de los terrenos más familiares, como el Louvre, y lo reúne con el forastero y el desterrado, con los cautivos que añoran la patria remota. París, en finas partículas, se cuela entre los dedos de los que atesoran su vieja figura. Siempre se mantiene al borde de la transgresión de sus propios principios; el viejo París muere y surgen extranjeros nacidos entre sus muros medievales, que apenas vivirán para ver como florece una ciudad nueva. Podría decirse que ese riesgo latente de desobediencia es la parte más esencial de sus principios.


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