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viernes, 18 de marzo de 2016

Dialéctica


La Historia tiene sus propios correctores. Tiene sus errores, sus faltas de congruencia, sus pequeños desencuentros consigo misma, pero cada tanto aparece algo o nace alguien para enmendar.
Yo, tal vez, hoy, después de quinientos años, haya venido al mundo para intervenir por las masacres de la colonización o para impedir la conflagración de la Roma de Nerón. Lo más probable es que haya venido a hacer las veces de antítesis: estoy aquí para ser superado, barrido del camino para arribar a resoluciones. Quizás jamás logré revelarle a Napoleón cuales fueron sus fallas en Waterloo, pero estoy seguro de poder abstenerme de morir en sus filas o en las rivales, o de ser él mismo.
Hemos venido a reparar las estupideces del pasado. Las viejas torpezas, las viejas e insoportables torpezas, deben ser sustituidas por nuevas y mejores. El presente es tan egoísta y arrogante que podría proclamar sus propios errores y sus mayores atrocidades como la solución, la reparación, la denuncia o la superación de los viejos

sábado, 5 de marzo de 2016

La noche más larga


Diciembre es el mes de los grandes arribos de buques turísticos al puerto de Ushuaia. La mayor parte son barcos antárticos: aquellos que viajan a la Antártida buscando los favores que el verano ofrece en regiones tan inhóspitas.
La luz del sol en plena estación estival persiste por más de diecisiete horas al día. En diciembre y enero, uno puede quedarse perplejo de ver que la medianoche se aproxima en el reloj y el sol no muestra propósitos de moverse. En invierno, la mañana permanece en las sombras hasta muy tarde y el crepúsculo no se hace esperar: a las cinco y media de la tarde el sol, que apenas había atinado a asomarse, vuelve a desplomarse en el horizonte de mar y montañas. A duras penas se queda para ofrecer un día de siete horas. Este prodigio, propio de latitudes como las de Ushuaia, es impulso suficiente para celebrar cada año la Fiesta Nacional de la Noche más Larga.

Rumbo al Oeste, zarpa una embarcación desde Ushuaia. En un rato amarrará en la Bahía Lapataia. Después de una breve procesión por el bosque, la nave llama a un nuevo desembarco y pone proa hacia Punta Tortuga, al Este; pasa por Bahía Ensenada, por la isla Estorbo y Bahía Golondrina. Llega a la Isla de los Lobos y a la Isla de los Pájaros, luego al Faro Les Eclaireurs, para echar anclas de vuelta en Ushuaia, cercada por la hilera de montañas del Martial. Ese es apenas un modelo, la huidiza traza de un paseo por las afueras. Los que imagino son infinitos, si me dejan pensar en naufragios, en conquistas frustradas por el hielo y el viento y en hogueras mágicas.


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Terra Incognita Australis




Cómo ya más o menos sabemos, hace unos quinientos años un grupo de exploradores de la vieja Europa divisó las costas de una tierra desconocida, apenas separada del continente por un estrecho de pocos kilómetros. La “Tierra Desconocida del Sur", conocida por esas fechas como Terra Australis Incognita, era un continente supuesto conjeturado en la Grecia Clásica. Según cálculos desde Aristóteles hasta Ptolomeo, la tierra debía guardar simetría, de modo que una zona no explorada en el sur estaba escondiendo toda esa masa terrestre. Durante el Renacimiento, cuando Ptolomeo pasó a ser la fuente más importante para la cartografía europea, este continente empezó a ser dibujado en los mapas alrededor del polo sur, pero con una superficie que se extendía miles de kilómetros al norte que la Antártida.




Cuando Magallanes intentaba abrirse paso hacía las Molucas en 1520 creyó que Tierra del Fuego era el comienzo de la Terra Australis. También constituían esta fabulosa y vastísima comarca, Nueva Zelanda y Australia antes de ser circunnavegadas. Al comenzar el siglo XVII, Francisco de Hoces, se dio cuenta, antes que ningún otro, de que Tierra del Fuego era un conjunto formado por una gran isla y muchas islas pequeñas separadas por estrechos y canales oceánicos. Los navegantes holandeses Le Maire y Schouten, más tarde, dieron crédito a este hallazgo y el legendario nombre de Terra Australis pasó a ser una referencia etimológica del nombre que recibió Australia.


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Tierra del Fuego, tierra del náufrago







Durante el siglo XVI hubo navegantes españoles que aspiraron a la conquista de la isla con enorme frustración. No los frenó la obstinación feroz de esos pueblos pragmáticos y desnudos que eran los yámanas y los onas que, por otro lado, solían ser gente hospitalaria. Aunque con más dichosa bienvenida humana que la que tuviera Solís en el Plata, la tripulación de Alderete y Sarmiento de Gamboa, no fue muy bienvenida por el clima. Fueron las destemplanzas de la región, el frío, el viento, el oleaje, lo que frustró la empresa. Sin embargo, a falta de reseñas más exactas, me consiento imaginar que lo de las destemplanzas del clima es un eufemismo para decir que las naves terminaron hechas astilla en las rocas costeras. Aún así, parece que algunos exploradores se acercaron lo suficiente como para encontrar inspiración y darle nombre a esos litorales, que aun no se daban a conocer como los de una isla. Antes de hacerse añicos, algún marino portugués, holandés o español, divisó las columnas de humo y las hogueras diseminadas; algunas parecían flotar en el mar, otras salpicaban de luces la costa y entraban en la tierra a través del velo de bruma del alba. Un entorno sugerente para darle nombre a una isla, en especial si uno no tiene otra cosa que hacer que naufragar y naufragar. “La tierra del fuego”, musitó alguien helándose aferrado a una tabla flotante en aguas magallánicas. Aunque todo indica que el dichoso bautista logró volver a salvo, al menos una vez, para hablar de las piras yámanas o de los fuegos mágicos que había visto en el fin del mundo. Esos fuegos mágicos eran la garantía de los nativos fueguinos, empeñados en apenas valerse de atuendo, de amparo del frío austral; ese fuego mágico y también una adaptación metabólica mágica que mantenía su calor corporal un grado encima de la de cualquiera de nosotros. Pero el fuego flotaba, según los marineros ¿cómo podía ser posible eso? O se trataba de un fuego maravilloso o los yámanas llevaban sus fogatas encendidas dentro de sus canoas de corteza de lenga, cuando salían en expediciones de pesca y cacería de focas.




Antes del siglo XX, todo en Tierra de Fuego era intentos de ocupación europea, estancieros nacionales cargándose a los nativos y la construcción de un faro allí o de un puerto para barcos antárticos allá. Los primeros turistas llegaron a principios del siglo XX, cuando los cruceros se ponían de moda en todo el mundo. También pasó a formar parte del itinerario de los buscadores de aventura, en especial los que entendían que el llamado Fin del Mundo, aun cuando su nombre dijera algo sobre el fuego, estaba en el sur del sur. En 1930, el Faro Les Eclaireurs, contempló calladamente cómo el gran crucero Monte Cervantes, interpretaba unos de los célebres naufragios de la época. Hoy, el lugar del naufragio es un punto en la órbita de una de las salidas al mar que ofrece el turismo local. Enseguida, la misma excursión pasa por la Estancia Remolino, donde el Buque Sarmiento, a medio hundir, tiene su tumba de agua desde 1912. Un relieve sumamente versátil y caprichoso, alrededor de una admirable bahía del Canal Beagle, ha dado lugar a una ciudad tan pintoresca como Ushuaia, donde viven cerca de 60.000 habitantes. El paisaje de la ciudad más sureña que existe corteja el perfil soberbio de los Andes, disponiendo los colores y los desniveles, hasta que estos caen, inesperadamente, al mar.


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viernes, 4 de marzo de 2016

El fin estaba al comienzo



“Proa al sur para venir, proa al norte para volver; y si la brisa continúa soplando de tierra, podrá mantenerse al abrigo de la costa y navegará como por un río.
—Pero un río que no tendrá más que una orilla.”


Jules Verne –El Faro del Fin del Mundo-


Quien haya dicho que el fin del mundo estaba en Tierra del Fuego, claramente, venía desde arriba: el mundo se tenía que terminar al llegar abajo. No es un lugar que quede de paso a ningún otro, lo que, a pesar de no haber ido jamás, me dice que la única forma de llegar es eligiéndola deliberadamente como destino; a no ser que, como los antiguos exploradores del océano, esté intentando abrirme paso al Pacífico a través del tormentoso Cabo de Hornos y termine en forma de restos en la Bahía de Ushuaia.




Así como Dante nos enseñó que las llamas del Infierno no bastan ni para calentar agua para un té, por ser hielo lo que lo componía, de un modo afín, debemos saber que la Tierra del Fuego no es una región ecuatorial minada de volcanes activos y surcada por ríos de lava, como imaginan, a veces, en otras partes del mundo. Tampoco es el centro de reunión de fuerzas electromagnéticas misteriosas, como pueden habernos instruido en algún sospechoso canal de documentales. La provincia de Tierra del Fuego es una isla separada del extremo sur de Sudamérica por el estrecho de Magallanes. Ushuaia, una ciudad sin fuerzas electromagnéticas especiales, es la capital de la provincia y es también el centro urbano más austral del planeta. Desde Jules Verne hasta canal Infinito se han referido a la isla como “el fin del mundo”; no es casual que haya atraído turistas de todos los países en busca de algún chamán duende o, simplemente, para ver cómo en las afueras de la ciudad se pueden ver los elefantes que sostienen la Tierra parados sobre la tortuga gigante. Los duendes, por lo general, están más al norte, en los Andes patagónicos, y son lugareños aborígenes, no duendes; pero a los turistas les gusta que sean duendes y a las agencias de turismo muchísimo más. En cuanto a los elefantes y la tortuga, probablemente sólo sean visibles desde lo profundo de alguna reserva natural restringida al público. Aun así, este lugar que alguna vez fue un paraje salvaje y lejano, sigue recibiendo la visita de miles de personas desde el mundo de más arriba.



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lunes, 29 de febrero de 2016

La cara ajena de la lengua propia

"Milonga del primer tango
que se quebró, nos da igual,
en las casas de Junín
o en las casas de Yerbal" 

Jorge Luis Borges – Milonga para los orientales




Todavía a principios del siglo XX se podía escuchar en las ciudades de Italia llamar "lombardi" a los gangster, en una clara sugerencia a los lombardos que la asaltaron en la Edad Media. El término “lombardo” atravesó el Atlántico con los inmigrantes italianos para tomar en Buenos Aires y Montevideo el nombre de lunfardo durante la segunda mitad de siglo XIX. La alusión seguía siendo la misma: el lunfardo original, el más impenetrable, era un lenguaje de presidiarios. Las más interesantes síntesis léxicas se produjeron en las cárceles donde se encontraban reclusos de diversos orígenes. La jerga se extendió a los hampones de los arrabales y, casi en el mismo proceso, al tango, nacido también en los arrabales. El cocoliche, una variación lingüística surgida del intento de los inmigrantes italianos de hablar el castellano, y el vesre, el particular modo rioplatense de alterar las sílabas de las palabras, también son ingredientes elementales del lunfardo junto con otras palabras que llegaron con el traslado de los gauchos a la ciudad. El tango divulgó este modo singular de hablar hasta sacarlo para siempre de la esfera de las prisiones y de la marginalidad, añadiéndolo al glosario cotidiano de cualquier porteño o montevideano.



En sus Aguafuertes Porteñas, Roberto Arlt hace una breve exposición de un término traído por los genoveses: fiacca, la flaqueza del ánimo. Y también una leve desviación de las acepciones compartidas entre una y otra orilla del río. Cuando un muchacho bostezaba sin parar los genoveses decían que tenía la fiacca, un desgano producido por la necesidad de ingerir alimento. De esa manera, mientras en la Argentina tener fiaca es exclusivamente no tener ganas de hacer nada, en Uruguay es estar cayéndose de hambre. No por nada el río es tan ancho. Los argentinos vemos, al igual que los uruguayos, nuestra propia lengua reflejada en el espejo: un ejemplo, entre muchos, en el que la frontera política no hace a la extranjeridad, por supuesto, si me está permitido sospechar que la primera fuente de hostilidad que encuentra un extranjero es la lengua del otro: llegar a un país y que te saluden en la lengua local, sin preguntarte cual es la tuya, y obligarte a saludar en la lengua local. El Río de la Plata, en una limitada declaración de hospitalidad, se presenta como una pequeña nación idiomática en la que uno puede traspasar las fronteras internas sin sentir que se ha vuelto extranjero. Estar en Buenos Aires, Rosario, La Plata o Montevideo, es más o menos lo mismo. Hostis y hospes, las dos significaban “extranjero” para el antiguo romano, amigo de tener enemigos; todo depende de cómo decidas recibir al extranjero.



Parte previa Breve busca de lo afro-rioplatense

domingo, 28 de febrero de 2016

Breve busca de lo afro-rioplatense

"Tenía una pendencia con esta nación oriental,
que me importaba mucho más que el color o sabor de las aguas
del gran estuario que lava los mugrientos pies de su reina;
pues esta Troya Moderna, esta ciudad de luchas, asesinatos
y muertes repentinas, también se llama la Reina del Plata."

G. H. Hudson – La tierra purpúrea.



El siguiente es un breve y apresurado rodeo en la historia argentina que intentará contribuir a nuestra modesta historia del habla de todo el Río de la Plata y también a la de la cortesía oriental.
El castellano rioplatense es una variedad de la lengua española hablada desde Rosario a La Plata, a ambos lados del ancho río. Más tarde, cuando nos detengamos en el lunfardo, nos preguntaremos cómo puede abundar en voces africanas sin que haya un africano a la vista a lo largo de toda la Argentina. La historia es así: la Argentina, cómo todos los países coloniales, jugó un tiempo a la esclavitud, pero no tardó en aburrirse y abolirla. Después de eso, una imponente cifra de esclavos libres provenientes del Congo, el golfo de Guinea y el sur de Sudán, quedó vacante y en la miseria en las calles hasta que el gobierno recordó lo útiles que habían sido muriendo por la patria durante las guerras de la Independencia en las milicias libertadoras y lo mal que se ajustaban al proyecto de esa nueva comedia que llamaron crisol de razas –europeas, claramente- expresada en la Constitución Nacional de 1853. A finales de la década de 1860, la intervención de la Argentina en la Guerra del Paraguay se presentó cómo una inestimable oportunidad para el alistamiento forzado de afro-argentinos. Durante esos años asistimos a la extinción de gran parte de los africanos argentinos así como al brutal declive de la población masculina del Paraguay. Los sobrevivientes de la guerra y de la fiebre amarilla emigraron al Uruguay, donde la comunidad africana gozaba de un ambiente social más próspero y había sido tradicionalmente más numerosa. Uruguay fue el destino predilecto en una región en la que dominaba el racismo europeísta, en una frontera, y un tardío abolicionismo, en la otra. Así se constituyó tempranamente una colectividad afro-uruguaya que le dio forma a la cultura, el folklore y el semblante general del país, especialmente al Uruguay urbano, con el candombe y el carnaval.



La influencia africana en el habla de Río de la Plata es un hecho incuestionable y se percibe en expresiones culturales tan propias de Buenos Aires y Montevideo como el tango, cuya etimología también es africana. Quilombo, tamango, milonga, canyengue son vocablos de uso frecuente en lírica tanguera y en el ambiente de los arrabales, donde el africano confluyó con el andaluz y con el genovés y con el alemán que trajo el bandoneón en su maleta.


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El espejo Oriental o el lado amable del Plata

"Puerta falsa en el tiempo, tus calles miran al pasado más leve.
Claror de donde la mañana nos llega, sobre las dulces aguas turbias.
Antes de iluminar mi celosía tu bajo sol bienaventura tus quintas.
Ciudad que se oye como un verso.
Calles con luz de patio."


Jorge Luis Borges –Montevideo
 

De la mirada de los turistas más distraídos que visitan la Argentina se podría deducir que lo mejor de Buenos Aires son los uruguayos. Conozco a algunos que han tomado sus aviones y sus barcos y sus naves espaciales de vuelta a sus países y planetas con una inmejorable impresión del espécimen porteño; la razón: los uruguayos de la ciudad, tan atentos con los turistas perdidos y tan pacientes con los que hacen consultas que irritarían al más Zen de los porteños. Uruguayos y argentinos, ciudadanos de un alargado reino litoral, comparten el mismo vocabulario y un fenotipo perfectamente confundible, en el que un rancio alquimista mezcló en distintas proporciones a italianos, españoles, portugueses y franceses, con una pizca más de africanos para el Uruguay y un toque de vanidad europeizante para la Argentina, que hacen que los primeros, al rondar las calles de Buenos Aires, sean una excelente propaganda para los segundos.



La Argentina es un gran pueblo sustentador de grandísimas fábulas. La leyenda de las Pampas como esencia del carácter nacional y otros esencialismos típicos, como el del tucumano cleptómano y el cordobés embaucador, la vieja y complaciente alegoría de la Australia americana o el Canadá sureño, hasta llegar al curioso dialogo entre olavarrienses y azuleños, separados por el arroyo del Azul, llamándose unos a otros “uruguayos”, están entre los tipos más inocentes de nuestra mitología. Pero como todos los ríos, el Plata, tiene dos orillas, aunque no se vean. Hay una orilla azul del otro lado, una playa luminosa y cordial llamada Uruguay, de donde viene y a donde va esa generosa estirpe que cuida a nuestros turistas, nativos con acentos que van del entrerriano al porteño y son parte de una gran nación tácita, de un país secreto, implícito en las cuencas y las franjas de agua que serpentean lentamente y recuerdan viejas barcazas en las que se murmuraba el español y el portugués, y a otras más nuevas navegando con voces en inglés, en gallego, en occitano, en mapuche, quechua y guaraní.
 
 En teoría, soy un ciudadano uruguayo, casi tanto como argentino. Mi nueva hipotética nacionalidad, desde una vez que se me extravió el documento de identidad, podría ser llamada mercosureña, con un poco de esfuerzo. Pero no es ese el lazo que me liga al país trans-platino, sino la de ser deudores de una comunidad de lenguas que me convierte en uno más, del mismo modo en que convierte en uno más a cada uruguayo que pisa suelo argentino.

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sábado, 27 de febrero de 2016

Shiroma: del Perú Okinawense a la Okinawa peruana


El cliché del latino desenfadado, representado como un vividor alegre y sin ocupaciones, se difundió en Japón de la mano de la prensa internacional apenas comenzada la modernización. Este estereotipo, que hemos visto hasta en los dibujos animados norteamericanos, superpuesto a la imagen que los okinawenses tienen de sí mismos es explotado al máximo para reprochar la descortesía y la falta de calidez de Japón. Okinawa y lo latino comparten ese intenso “sur” imaginario y marginal, acoplado a la marginalidad de lo latino en la América, y surge la colorida sombra de una Okinawa latina cargada de claro sentido político: no sólo le sale al encuentro a Japón, también le sale a los Estados Unidos, como colonia militar que sigue vigente. Dentro del mismo espacio reducido y envuelto de océano, la “Okinawa latina” y la “Okinawa norteamericana” se chocan en silencio.
La ciudad de Koza, en Okinawa, es célebre por ser la residencia de la mayor base militar norteamericana del Asia Oriental. Ese tal vez sea un dato más o menos conocido, pero además de eso, Koza es la ciudad donde Alberto Shiroma fue a visitar un día a sus parientes, fatigado por la penosa vida en Tokyo, donde trabajaba junto a otros dekasegui1 latinoamericanos, un hecho del que nadie, salvo los parientes de Shiroma, se enteró. ¿Quién es Alberto Shiroma? Shiroma es un músico nacido en Lima, Perú, nieto de inmigrantes de Okinawa, quien luego de arduas tentativas por ser reconocido como cantante profesional en Japón, se convierte en el líder de Diamantes, una orquesta peruano-okinawense formada en 1991 durante la visita a sus parientes en Koza. Allí encontró a otros músicos locales con los que comenzó a fusionar música latinoamericana con algunos sonidos locales, salsa en español, mezclado con japonés y okinawense y palabras derivadas de la combinación de los tres. Sus primeros seguidores fueron los soldados hispanos del ejército norteamericano que vivían en la base militar de Koza.

Es posible cuestionar la existencia de una relación natural de la música y los músicos con la tierra, el paisaje y la cultura del espacio nativo. La experiencia concreta de la migración pone a prueba la fijeza de esas identidades espaciales y territoriales de la música que los viajeros transplantan, arrastran, traen adherida a sí desde sus tierras natales. La música, que choca con la dudosa idea de lo “auténtico”, se torna elástica y se fuga de las alegorías presupuestas en el sonido, se vuelve capaz de ceder a presencias nuevas, a la presencia de la música de los otros. Escuchar a Shiroma haciendo una performance personal de la canción tradicional okinawense Shima Uta en castellano y con ritmo de salsa, es un ejemplo simple.
Fisonomía, nacionalidad y lengua son tres aspectos que presentan una interesante incoherencia, un absurdo efectivamente constituyente de la ambigua identidad de los latinoamericanos con rasgos orientales. Una ambigüedad que hospeda una potente provocación a esa ecuación que supone la uniformidad del linaje y de la cultura de la nación, el paralelo, supuesto por los japoneses, entre un semblante oriental y un habla japonesa. Los okinawenses y sus huéspedes saben cómo responder. Por un lado, el término “Gambateando” es una adaptación amable de una palabra de la lengua hostil, de una palabra amable de la lengua de la descortesía. “Ganbatte” es la palabra que se usa en japonés para desear suerte o dar ánimo a alguien; la desinencia hispana del gerundio, la altera en una palabra japonesa para animar a los extraños. Por otro lado, el champurú, un plato típico del archipiélago, que se prepara con vegetales, huevo, tofu, cerdo y cualquier potencial ingrediente que se atraviese en el camino del cocinero, propio de la cocina Nikkei2, aloja un potente simbolismo de la capacidad de reunir con éxito ingredientes heterogéneos en una comida que no deja de ser característica. De ese modo, han llamado “champuralismo” al prototipo de una jocosa filosofía de la disposición a devorar y digerir lo extranjero, lo ajeno, lo exótico, lo chocante, hasta lo indigerible, para conformarlo al estilo de vida okinawense sin inquietarse mucho por sellarlo con un rostro local.


1 Trabajadores descendientes de japoneses, emigrados desde Brasil, Perú, Bolivia y Argentina, así como inmigrantes del Este de Asia, Bangladesh, Irán y algunos otros países.
2 Es el nombre con el que se designa a los emigrantes de origen japonés y a su descendencia. También se usa para referirse la gastronomía fusionada de los inmigrantes japoneses con la de sus países receptores en América, en la que se destaca la peruana.

Parte previa: Vengo de Okinawa, soy un no-japonés

Vengo de Okinawa, soy un no-japonés


“Para matar la tristeza
Que tiene en su corazón
Por la familia que espera
Gambateando va Ramón ...”

Gambateando –Alberto Shiroma.



Ser okinawense en Japón, ser peruano en Okinawa, parece ser una clave para entender el resultado del éxodo que, hace 100 años, trajo a miles de japoneses a Sudamérica. Japoneses de Okinawa, esas pequeñas islas que Japón añadió a finales del siglo XIX luego de un largo e intenso pasado como el reino de Ryukyu y como feudatarias de las dinastías Ming y Quing. Entre China, Taiwan y las islas japonesas más grandes, Okinawa, es el corolario cultural, religioso, gastrónomico, lingüístico, musical, de extensos siglos de variada colonialidad. Los rasgos particulares, o mejor dicho, un surtido de rasgos que se atraviesan y se aúnan, han convertido a los nativos okinawenses en un grupo étnico especial y en el más numeroso del Japón contemporáneo. Los taiwaneses autóctonos, los filipinos y los japoneses del sur son sus parientes auténticos, pero el intenso intercambio y las complejísimas oleadas que hubo por largas épocas en el archipiélago, hacen de la mixtura, de la fusión continua, de la deglución voraz de todo lo extraño, la pauta fundamental: la cancelación de cualquier pauta que se presente como invariable. Los matrimonios con chinos y japoneses, pero también con soldados estadounidenses y con trabajadores sudamericanos, dieron lugar a lo múltiple y a lo mestizo en Okinawa, pero especialmente, a una táctica que, más que fortalecer una identidad local, tiende a ampliar las brechas con los japoneses: ser okinawense, a veces, más que ser okinawense, es no ser japonés.

 

Marcharse de Okinawa, que había sido un reino floreciente en medio de la inapreciable plaza marina entre Japón y China, respondía principalmente a problemas precisos que acarreó en la región la anexión a Japón. A comienzos del siglo XX, las islas se empobrecían por un monocultivo de caña de azúcar que las estancó materialmente; más tarde, todo empeoró cuando eligieron a la isla principal de Okinawa como escenario de una de las últimas batallas de la Segunda Guerra Mundial. La guerra del Pacífico diezmó a la cuarta parte de la población, cuando las islas fueron usadas de muralla defensiva para las islas mayores. Luego, el ejército norteamericano desfiló por Naha, la capital de Okinawa, y las gestionó desde 1945. Entonces, cuando todo devenía en decadencia y ruina, numerosos okinawenses, en plena conversión en japoneses, se marcharon lejos. En 1908 desembarcaron en la Argentina los dos primeros exploradores de Okinawa que abrieron las puertas a una colectividad de más de 25 mil personas. Pero las puertas ya estaban abiertas, en Perú. Se trató de la primera emigración japonesa a América Latina. En 1899 llegaron a Perú los primeros trabajadores japoneses que huían de la depresión económica de su país luego de la guerra con China. En los Estados Unidos, donde los japoneses habían trabajado en California y en Hawaii, el sentimiento antiasiático reinante desde fines del siglo XIX los disparó hacia el sur.
Así como todos los árabes, en Sudamérica, son turcos, todos los orientales son chinos. A los ojos del ciudadano peruano y a los ojos de las estadísticas nacionales, los okinawenses fueron rápidamente clasificados como “japoneses”. En la Argentina se resumió todo en “tintoreros”, uno de los oficios con más tradición entre los inmigrantes de Japón. En Perú, aún cuando es conocida la presencia de los okinawenses, es común creer que lo que los separa de los japoneses es una simple diferencia regional, como a un patagónico de un porteño. Eso le da un peculiar acento a su marginalidad: son doblemente marginales. Aun cuando en Perú los okinawenses y sus sucesores superan numéricamente a los japoneses, es la esfera de los japoneses la que prevalece en lo social y en lo político.
Ser un japonés o un okinawense está socialmente marcado en Perú, ser un “latino” en Japón, de igual forma. Así como era “okinawense” y “japonés” en Perú, ahora se es “peruano” y “latinoamericano” en Japón. 


lunes, 22 de febrero de 2016

The vigilant planets: Review about the exposition "El Tarot, Los arcanos mayores " by Francisco Urquizo Cuesta

“Here is Belladonna, The Lady of the Rocks, The lady of situations.
Here is the man with three staves, and here the Wheel,
And here is the one-eyed merchant, and this card,
Which is blank, is something he carries on his back,
Which I am forbidden to see. I do not find
The Hanged Man. Fear death by water.”

Thomas Stearn Eliot –The Wasted Land.


To become machine, to become mineral, to become caveman, to become and not to remember; to become, not to represent, machine, mineral or caveman. Such is the purpose of Francisco Urquizo Cuesta —who has recreated admirably the perplexity of the archaic man— in his exhibition titled "Tarot" which rather is an objection to ancient Tarot. To become cyclops, to become menhirs, to become sunflower. Not to remember that sometime we were those things, neither that we could have been it: to be it now. Not to remember but, in any case, to become reminiscence.


A man, alone, in the cold of a wasteland night, tired, starving and, perhaps, even deprived of conscience of his former existence, wants to know if his work is properly completed —a work that is a granitic matter still supple, which threatens to produce future, irremediable solidity. Who could judge the well finished work of an isolated man, deprived of reason and criterion? His work he can't behold, the darkness of the night forbids it to his carnal eyes, nobody can see it, due to his insurmountable retirement, and in the middle of this solitude he listens to a cold creak— the planets moving above his head, squeaking as if they were changing their position in the platforms of the skies, to better contemplate whats happening below, in the inhospitable plain. Then it seems as if he's having an inaugural reminiscence, an unclear memory, a first confusion.


These paintings possibly have some kind of megalithic memory, echoing from a past so remote that it asks not to be evoked —as if they had been painted by someone who returned to his caveman past, times of the world in which the roughness and the uncertainty conjugated, so the man, deprived of the grace of the artifice, had to strain to get a glimpse of destiny in the coarsest things, in the bare rock, in the water, in the broken egg of the bird or the debilitated reptile, in the mane tangled in the thistle, in the dry, cracked femur at the bottom of the crag, in the black cloud, in the gale.


In the Tarot painted by Urquizo there's no longer a future to incarnate, because is evident that everything is made of the same substance, everything is linked like the underground little roots that spread on vast surfaces in which, regardless of how much they expand, always a filament will join the most distant fiber with the first one. Like Proust, who does not remind Venice but himself becomes a reminding of Venice, he shows that this common material expires, and then gods appear instead of Destiny, and gods no longer speak of Destiny but of Eternity, in which this profuse mass that forms the bird, the forest, the beggar or the king becomes insignificant. In the troglodyte wielding a sharp-pointed bone resided the kernel of today's Urquizo, slept his potential work; a providential contingency, a fortuitous encounter in this rhizome in which both resided, was barely enough for the caveman to create, in Urquizo, Urquizo's painting.


The creaking of the stars, of their secret gears, becomes increasingly audible and frightening in the silent night. Then, the man in the wasteland, in blind isolation, senses the gods showing themselves. He begins to comprehend his own work, which he made with his own hands and the darkness had concealed from him: the stars are examining it, judging it from the highest points. He is aware of this; so then, frightened, he tries to improve his work, in the dark, so the stars won't be offended by the blemish, to make it worthy of them. However, this attempt to improve his work ends up being an expression of his worry for the future, and he fails to see that, in the eyes of the gods, such a worry is a fault.


That's why in the Tarot, in Urquizo's paintbrush, there no longer are arcane secrets; there's no mystery in the enigmatic hanged man, without his upset smile nor his transom of timbered logs. Now he’s hanging from the stone, he himself is stone, he himself is chariot or emperor or devil. In Urquizo Cuesta's series, the Destiny, which the fearful human look would decipher in the ancient Tarot, yields to the legitimacy of the entropy, of the primigenial disorder. There is no destiny, instead there is mutability. There are no secrets but caducity. We will not find the future of man, but returns to the beginnings, Samsara's endless chain. The hermit fuses with the desert, in Urquizo's work, as well as the magician makes of his own hand a magic prodigy. The arcane secrets turn into truth, accuracy; what to us means long lapses, entire epochs, worlds, galaxies, to the vigilant gods it is but a blink; what to us is a water drop, to the gods is the Cosmos; what to us is the stout Destiny, the embrace of perpetual Death, to them it is Eternity.



sábado, 20 de febrero de 2016

Promesa del conquistador al hambre del pionero

La Fortuna debe custodiar a los viajeros. Desde una crujiente balsa vislumbro la playa yerma y negra, una galería de bosques y, detrás, vedada a la vista, una promesa de tierra infinita. Es esta promesa de tierra la que me mantiene timoneando la armadía a prudente trecho de la costa.
Al dormir sueño con batallas: amigos me traicionan y enemigos se vuelven mis amigos. Me resigno a tolerar asedios, como las ciudades antiguas, pero desde la ciudad en mi balsa. No puedo imaginar ningún futuro.
Pero otros tripulantes, reclinados en la desvencijada cubierta, heridos por mi firmeza de no atracar, descreen de que en el agua estemos a salvo, de que mientras estemos a esta discreta distancia del litoral tendremos innumerables mundos por fundar, pero que al desembarcar sólo lograremos fundar uno, el mismo de ultramar, el encomendado antes del naufragio: el mundo de tierra adentro.
Ellos planean campañas, invasiones, asaltos, aldeas llenas de cautivos y animales de tiro, rutas sin término entrando en la tierra hacia el oro y las canteras, saqueos, matanzas, crucifixiones, metrópolis portuarias y surcos sobre el terreno, surcos indelebles. Se les inflaman los ojos al pensar en ciudades fundadas para ser destruidas y ciudades fundadas por su misma destrucción. Mi timón zozobra sobre las olas de este extraño mar de agua dulce, frente a orillas prohibidas, en el que mis insensatos compañeros ven flotar limaduras de plata y exclaman: “Atraquemos este ruinoso maderamen en esas playas ¿nos ves que brillan como la plata?”
Estirpes numerosas se acumulaban en la ribera, en ese puerto vedado a nuestra balsa, ignorados ganaderos con sus feroces tropillas y aves que heredaron vigoroso aleteo. Mis compañeros, inexpertos, se levantan para verlos. “Allá están- piensa- tal cómo los vislumbré”. Poblaciones enteras de perversos delatores siguen llegando a las barrancas de nuestro abismo fluvial. Los irreflexivos recuperan el aliento, se yerguen sobre los malogrados miembros. Contemplar no les basta ya y olvidan la inanición y el agotamiento. Llegan piratas del pasado, opacos visionarios, aventureros devenidos en guardias de tierra adentro, soldados convertidos en tenderos, héroes reducidos a mercachifles, extraños paisanos que emergen de las praderas sin fin. Es el verdadero naufragio: el fin de la promesa de tierra sin fin.



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Falso idilio de un súbdito rioplatense



Pasamos algunos días en una ciudad baja, Chivilcoy, tal vez la más corriente de todas las poblaciones del mundo. Es una ciudad con un trazado urbano típicamente español, es decir, poco original, con su iglesia neo-clásica frente a la plaza principal. El concepto de plaza principal también es español: la ciudad es un satélite de esta plaza. A veces llueven meteoritos, otras veces, alguna deidad aparece para dar algún aviso que cambiará el derrotero de la humanidad; pero los pobladores de esta localidad no podrían dar fe de que hayan ocurrido semejantes cosas.
“Los argentinos somos supersticiosos”- dice el rioplatense, apurado por llegar a la estación de trenes, típicamente inglesa, por donde pasa sólo un tren al día rumbo al puerto sobre el Plata- “Todos sabemos que el precio de seguir siendo un argentino es no pasar mucho tiempo fuera de Buenos Aires; de lo contrario, como esas ruinas de las que cuenta Borges, uno puede llegar a desintegrarse o, lo que es más grave, a convertirse en apátrida para siempre”.
Traté de hallar una tesis para refutar esa sospechosa sentencia, pero me quedé perplejo al ver cómo, al alejarnos de la campaña, el guía recobraba sus olvidadas formas, mientras las mías se volvían ambiguas en el aire.

Según entendemos, en el siglo XIX la ciudad que hemos dejado atrás fue premiada por plagiarle el plano urbano a Baltimore. “Era una época en la que se daban premios por diversos logros”, explica el ciudadano- “Yo nací aquí, cien años más tarde”- apunta, mintiendo, dado que sabemos que no cree en la existencia de rioplatenses más allá de los yermos ejidos que rodean la muralla de la General Paz- “luego, me mudé a otra ciudad a la que amenazan darle un premio si se deshace de los carteles publicitarios vulgares y termina algunas obras céntricas inconclusas”.
Es verdad que La Plata tiene hermosas plazas, una interesante variedad de estilos arquitectónicos, que van desde el bizantino hasta el neogótico y que, de vez en cuando, hay algún recital de piano, trato de replicarle, pero en La Plata ya no se ve el horizonte. Con rápido artilugio me objeta: “Pero las torres que lo ocultan demuestran que todavía hay inmuebles para alquilar, por ejemplo”
Buenos Aires empieza a imponerse mucho antes de llegar a su ancha muralla construida de automóviles en plena carrera. Esta metástasis de húmedo hormigón, diría más tarde el guía rioplatense, demuestra la expansión de la Argentina sobre las bárbaras estepas y los desiertos lejanos. Me resulta arduo rebatirlo por completo: no han sido pocas las ocasiones en las que creí ver sobre el vastísimo llano la sombra cuadriculada que proyecta la nación porteña. Las vías por las que viajamos no son otra cosa que una cuerda tendida desde el puerto para alcanzar de un solo disparo los lugares más apartados: es la cuerda que estrangula las tierras que no se ven.
Con mis últimas fuerzas encuentro evidencias para impugnar las ambiguas creencias de mi compañero de recorrido. Le Corbusier señaló alguna vez que Buenos Aires no tenía arreglo. Mi ingenuo guía tal vez nunca lo meditó, pero si la Argentina es Buenos Aires y Buenos Aires no tiene arreglo, entonces la Argentina no tiene arreglo: un silogismo simple, que no seré yo quien se lo enseñe.


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domingo, 14 de febrero de 2016

Los planetas vigilantes: Reseña sobre la serie “El Tarot, Los Arcanos Mayores” de Francisco Urquizo Cuesta

“Here is Belladonna, The Lady of the Rocks, The lady of situations.
Here is the man with three staves, and here the Wheel,
And here is the one-eyed merchant, and this card,
Which is blank, is something he carries on his back,
Which I am forbidden to see. I do not find
The Hanged Man. Fear death by water.”

Thomas Stearn Eliot –The Wasted Land.1

 
Devenir máquina, devenir mineral, devenir hombre cavernario, devenir y no recordar; devenir, no representar máquina, mineral o cavernario, es la propuesta que Francisco Urquizo Cuesta -quién ha recreado con admirable éxito la perplejidad del hombre arcaico- nos hace en la serie que titula “Tarot” pero que es más bien una objeción al antiguo Tarot. Devenir cíclope, devenir menhires, devenir girasol: no recordar que alguna vez lo fuimos, ni que pudimos haberlo sido: serlo ahora. No recordar sino, en todo caso, devenir recuerdo.
Un hombre, solitario, en el frío desierto nocturno, cansado y hambriento y, tal vez, hasta privado de conciencia de su existencia anterior, quiere saber si su obra ha sido apropiadamente lograda, obra que es materia granítica aun blanda que amenaza con la futura e irremediable solidez ¿Quién puede juzgar la bien acabada obra de un hombre aislado, despojado de juicio y de criterio? Su obra es algo que no puede contemplar, la penumbra nocturna se la veda a sus ojos carnales, nadie puede verla, por su insalvable retiro, y en medio de esa soledad escucha un frío rechinar: son los planetas que se mueven sobre su cabeza, que crujen como si se acomodaran en los rellanos del Cielo para enterarse mejor de lo que sobreviene allí abajo, en el llano inhóspito. Entonces parece tener una reminiscencia inaugural, un recuerdo impreciso, una primera confusión.
Es posible que haya cierta reminiscencia megalítica en estas pinturas, el eco de un pasado tan remoto que invita a no ser evocado -como si las hubiera pintado alguien que volvió a su pasado cavernícola: instantes del mundo en que la rudeza y la incertidumbre se conjugaban para que el hombre, privado de la gracia del artificio, se esforzara por vislumbrar el destino en los objetos más toscos, en la roca desnuda, en el agua, en el huevo roto del pájaro o del reptil debilitado, en la crin enredada en el abrojo, en el fémur seco partido al pie del peñasco, en la nube negra, en el vendaval.



En el tarot pintado por Urquizo ya no hay futuro que encarnar, porque aclara que todo está hecho de lo mismo, todo está ligado como las raicillas subterráneas que se extienden sobre vastas superficies y que no importa cuánto se expandan, siempre un filamento unirá la fibra más remota con la primera. Como Proust, que no recuerda Venecia sino que él mismo deviene recuerdo de Venecia, aclara que esa materia común caduca, entonces aparecen los dioses en lugar del Destino y los dioses ya no nos hablan del Destino sino de la Eternidad, en la que se torna insignificante esa masa profusa que da forma tanto al ave, al bosque, al mendigo o al rey. En el troglodita empuñando un puntiagudo hueso habitaba el germen del Urquizo Cuesta de hoy, dormía la potencia de su obra; apenas bastó una providencial contingencia, un encuentro fortuito en ese rizoma en el que ambos residían, para que el cavernario pudiera idear, en Urquizo, la pintura de Urquizo.
El chirriar de los astros, de sus secretos engranajes, en el silencio nocturno se vuelve cada vez más audible y pavoroso. Entonces, el hombre en el páramo, en ciega soledad, descubre que los dioses se declaran. Comienza a comprender su obra, lo que hizo con sus manos y la oscuridad le ocultó: los astros lo están examinando, lo juzgan desde lo elevadísimo. Él lo ha percibido; entonces, espantado, trata de perfeccionar su trabajo, a oscuras, para no ofenderlos con la imperfección, para hacerlo digno de ellos. Sin embargo, ese intento de perfeccionar la obra termina como una expresión de su afán por el futuro, sin darse cuenta de que para los dioses tal afán es un pecado.
Por eso, en el Tarot, según el pincel de Urquizo, deja de haber arcanos; ya no hay secretos en el enigmático hombre colgado, sin su sonrisa alterada ni su travesaño de bastos. Ahora cuelga de la piedra, él mismo es piedra, él mismo es carro o emperador o diablo. En la serie de Urquizo Cuesta, el Destino, que el antiguo Tarot venía a descifrarle a la mirada temerosa del humano, cede ante la legitimidad de la entropía, del desorden primigenio. No hay destino, hay mutabilidad. No hay secretos sino caducidad. No hallaremos el futuro del hombre, sino vueltas a empezar, una interminable cadena de Samsara. El ermitaño se funde con el desierto, en la obra de Urquizo, así como el mago hace de su propia mano un prodigio mágico. Los arcanos se vuelven verdad, exactitud; lo que para nosotros son largos lapsos, épocas enteras, mundos enteros, galaxias, para los dioses vigilantes son apenas un parpadeo; lo que para nosotros es una gota de agua para los dioses es el Cosmos; lo que para nosotros es el recio Destino, abrazo de Muerte perpetua, para ellos es Eternidad.


1. Aquí está Belladonna, la Dama de las Rocas, La dama de los sinos.
Aquí está el hombre de los tres bastos, y luego la Rueda
Aquí el mercader tuerto, y esta carta en blanco
Es algo que lleva a cuestas
Y no puedo mirarlo. No encuentro
Al Colgado. Tema la muerte por agua.

Thomas Stearn Eliot –La Tierra Baldía.
Trad: José Luís Rivas


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