miércoles, 24 de febrero de 2016

Exposición Universal y paisaje de albañilería

“Se fue el viejo París (De una ciudad la forma
ay, cambia más de prisa que un corazón mortal.)”


Charles Baudelaire –El cisne.



En una ciudad, como dijo de Walter Benjamin, uno también debe aprender a perderse; es una tarea tanto o más ardua que saber orientarse en ella. Dar con el distrito donde las calles se enredan, donde los letreros son traicioneros, perderse en un laberinto de edificios, fábricas, palacios y veredas, ver espejismos de lugares conocidos bajo la consternación y el despecho de creer haber encontrado a la distancia un puesto de avanzada que nos lleve de regreso al camino familiar: un trabajo mucho más adecuado para los niños y para los olvidados viajeros en busca de aventura de otras épocas que para el turista típico del siglo XXI, a quien la ciudad le es ofrecida en un envoltorio de encomienda listo para ser abierto. La principal mercancía exhibida en la Exposición Universal de 1889, en París, fue la ciudad misma. No puede parecernos ocasional el reproche y la duda de algunos artistas de la época hacia el símbolo de la Exposición: la Torre Eiffel. Esta no sólo remataba la ciudad, cómo un disparo final de las reformas de Haussmann al París medieval, celebrando el estreno de una referencia visible desde cualquier pasadizo de la ciudad, sino que la hacía consumible con sólo echar una mirada, igual que el resto de las mercancías exhibidas.



Los agudos contrastes de la trama parisina son un modelo de reglas y excepciones, de reglas que son excepcionales y de excepciones que se vuelven reglas. Los panoramas que nos ofrece Charles Baudelaire, tanto en su poesía como en sus reseñas, descubren a esta ciudad inquietando a un espíritu atento y conciente. Describe, cargando la pesada ironía del recuerdo, un nuevo paisaje en el que los andamios dominan el horizonte y los viejos barrios. El poeta parisino presenció la Exposición Universal de 1856 y, tal como se puede entrever en su reseña sobre esa visita, no fue un hecho que se le haya pasado por alto. La conmoción del exilio se asoma de su mirada de los terrenos más familiares, como el Louvre, y lo reúne con el forastero y el desterrado, con los cautivos que añoran la patria remota. París, en finas partículas, se cuela entre los dedos de los que atesoran su vieja figura. Siempre se mantiene al borde de la transgresión de sus propios principios; el viejo París muere y surgen extranjeros nacidos entre sus muros medievales, que apenas vivirán para ver como florece una ciudad nueva. Podría decirse que ese riesgo latente de desobediencia es la parte más esencial de sus principios.


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