“La tapa de una caja sana cuyo borde no estaría abollado, una tapa
así no debería tener otro deseo que encontrarse sobre su caja”
así no debería tener otro deseo que encontrarse sobre su caja”
Rainer María Rilke -Los cuadernos de Malte Laurids Brigge.
En un curioso efecto de fractal, que sin ningún tipo de casualidad intimidó por momentos a Baudelaire, la sede de la exhibición de mercancías más grande del mundo, se vuelve ella misma una mercancía: París no sólo había sido capaz de convertirse en un tipo muy especial de mercancía dentro de la cual residían otras mercancías, sino que, en el mismo movimiento había pasado de ser el centro de gravitación de la moda a ser una moda propiamente dicha. Ese segundo pasaje, vinculado con la novedosa posibilidad de ver a la ciudad en una vidriera o un stand, no tardó en volverse posibilidad de llevarse la ciudad como souvenir. Es curioso notar cómo la ciudad francesa terminó desplazando, a principios del siglo XX, a la concurrida Venecia como ciudad de visita obligada sin que se haya producido ninguna variación hasta hoy. A diferencia de otras metrópolis de la moda, París, sin más remedio, se desarrolló como una ciudad de moda cosmopolita, una especie de capital del planeta en esa clase de asuntos.Aterradora y fascinante a la vez, la ciudad fue cobrando vida propia, moviéndose por sí misma, ajena a la voluntad de sus habitantes, resolviendo su propia providencia, como si el hormiguear constante en sus resquicios fuera una torpe ilusión y ella misma controlara a los urbanistas, arquitectos y albañiles para mutar. Una especie de monstruo gigante en aparente inmovilidad, pero con tanta agilidad como la tapa que rueda lejos de la caja, lejos de su función deseada, y resuelve ser una amenaza para los hombres, pero un bien para ella misma: una ciudad así, tal vez sólo exigía el mecanismo de un corazón, de un pulmón, de un motor de vida que la despertara: en París puede haber sido la gran torre, llegada tardíamente, pero que empezó a latir en el centro de la ciudad y, con ella, toda la ciudad.
El esperado reencuentro del urbanismo con la política durante el siglo XIX fue visto como soplo reparador que reunía las piezas dispersas del entramado urbano. Desde esta perspectiva, el urbanista volvía a encontrarse con el arquitecto: la ciudad le daba una forma concluyente a un concepto. Basta con evocar el abrumador campo de escombros en el que se había convertido París en tiempos de Haussmann, las áreas enteras convertidas en parajes marcados, o los antiguos jardines reformados sin compasión en plazas, para entender de qué se trataba la serie de cálculos que se operaba sobre el medio ambiente de la época.
Parte previa: Exposición Universal y paisaje de albañilería
Parte siguiente: La ciudad modelo
No hay comentarios:
Publicar un comentario