El Grande Arche se construyó en 1989 en el distrito financiero de La Défense, manifestando el consenso de mantener la ciudad a una estatura discreta. El monumento de 110 metros de altura que celebra el segundo centenario de la Revolución Francesa, está ubicado en línea recta cruzando la plaza del Arco del Triunfo y es uno de los proyectos más notorios realizados recientemente por el gobierno francés. Luego de que el fiasco de la inoportuna obra de un rascacielos en pleno París haussmaniano hiciera que los constructores renunciaran para siempre a esa clase de proyectos, la ciudad pudo renovar esa presencia que le da la autoridad de ser la más clásica y la más moderna sin caer en torpes ataques a su propio lenguaje. La Défense es un moderno barrio de negocios situado al oeste de París, como prolongación del eje histórico que comienza en el Louvre y sigue por Champs Elysées. Está compuesto de audaces torres de oficinas, unidas por 31 hectáreas de explanada para el uso de caminantes. Los jardines colgantes y las obras de arte le dan el aspecto de un museo al aire libre dentro del área comercial más importante de Europa.
Como la capital de la moda desde el siglo XVIII, París tuvo el rasgo principal de concentrar la novedad, de ser un centro de gravedad creador de una industria de las tendencias. El resultado final de los trabajos de Haussmann fue poner de moda a la ciudad; el baluarte de la torre Eiffel, inseparable del perfil parisino, fue la conclusión de la serie de arreglos que hizo en París durante 20 años para darle el semblante actual. La torre Eiffel no sólo puso punto final al laberinto de la antigua urbe -hoy podríamos sospechar que es más fácil perderse en las cercanías del asombroso monumento que internándose en la intrincada ciudad- además, logró que la sede de la Exposición de mercancías se vuelva mercancía y que la sede ancestral de la moda se vuelva ella misma moda, de un solo golpe, como si edificándola encintaran el paquete en el que ofrecían la nueva ciudad, poniéndola a disposición de un público más indolente: el carácter tan especial de esa oferta la hizo accesible al viajero común: su destino no podía ser otro que el de devenir en una ciudad de moda.
Durante los últimos 100 años París ha conservado el rango de la ciudad más visitada del mundo. Pero para que del visitante nazca el turista, es preciso que la travesía del viaje sea expiada de todo lo que tiene de peligroso y de incierto: el turista es un viajero de aventuras, pero sin aventuras. Los mayores destinos turísticos siempre se han ocupado de brindarse en amables paquetes, en ellos no está contenido el extraviarse, ni el ser asaltado, ni ser devorado por fieras salvajes. Imagino que por eso hoy le damos el nombre de turismo, que viene de tour, una expresión francesa para designar una forma muy especial de viaje, que no es viaje sino circuito, vuelta: el viaje con el itinerario envasado. No parece casual que la expresión sea francesa, tampoco que los franceses pensaran en esa forma tan especial de viaje que es el tour.
Como la capital de la moda desde el siglo XVIII, París tuvo el rasgo principal de concentrar la novedad, de ser un centro de gravedad creador de una industria de las tendencias. El resultado final de los trabajos de Haussmann fue poner de moda a la ciudad; el baluarte de la torre Eiffel, inseparable del perfil parisino, fue la conclusión de la serie de arreglos que hizo en París durante 20 años para darle el semblante actual. La torre Eiffel no sólo puso punto final al laberinto de la antigua urbe -hoy podríamos sospechar que es más fácil perderse en las cercanías del asombroso monumento que internándose en la intrincada ciudad- además, logró que la sede de la Exposición de mercancías se vuelva mercancía y que la sede ancestral de la moda se vuelva ella misma moda, de un solo golpe, como si edificándola encintaran el paquete en el que ofrecían la nueva ciudad, poniéndola a disposición de un público más indolente: el carácter tan especial de esa oferta la hizo accesible al viajero común: su destino no podía ser otro que el de devenir en una ciudad de moda.
Durante los últimos 100 años París ha conservado el rango de la ciudad más visitada del mundo. Pero para que del visitante nazca el turista, es preciso que la travesía del viaje sea expiada de todo lo que tiene de peligroso y de incierto: el turista es un viajero de aventuras, pero sin aventuras. Los mayores destinos turísticos siempre se han ocupado de brindarse en amables paquetes, en ellos no está contenido el extraviarse, ni el ser asaltado, ni ser devorado por fieras salvajes. Imagino que por eso hoy le damos el nombre de turismo, que viene de tour, una expresión francesa para designar una forma muy especial de viaje, que no es viaje sino circuito, vuelta: el viaje con el itinerario envasado. No parece casual que la expresión sea francesa, tampoco que los franceses pensaran en esa forma tan especial de viaje que es el tour.
Parte previa: La campiña de mampostería
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