
Pasamos algunos días en una ciudad baja, Chivilcoy, tal vez la más corriente de todas las poblaciones del mundo. Es una ciudad con un trazado urbano típicamente español, es decir, poco original, con su iglesia neo-clásica frente a la plaza principal. El concepto de plaza principal también es español: la ciudad es un satélite de esta plaza. A veces llueven meteoritos, otras veces, alguna deidad aparece para dar algún aviso que cambiará el derrotero de la humanidad; pero los pobladores de esta localidad no podrían dar fe de que hayan ocurrido semejantes cosas.
“Los argentinos somos supersticiosos”- dice el rioplatense, apurado por llegar a la estación de trenes, típicamente inglesa, por donde pasa sólo un tren al día rumbo al puerto sobre el Plata- “Todos sabemos que el precio de seguir siendo un argentino es no pasar mucho tiempo fuera de Buenos Aires; de lo contrario, como esas ruinas de las que cuenta Borges, uno puede llegar a desintegrarse o, lo que es más grave, a convertirse en apátrida para siempre”.
Traté de hallar una tesis para refutar esa sospechosa sentencia, pero me quedé perplejo al ver cómo, al alejarnos de la campaña, el guía recobraba sus olvidadas formas, mientras las mías se volvían ambiguas en el aire.
“Los argentinos somos supersticiosos”- dice el rioplatense, apurado por llegar a la estación de trenes, típicamente inglesa, por donde pasa sólo un tren al día rumbo al puerto sobre el Plata- “Todos sabemos que el precio de seguir siendo un argentino es no pasar mucho tiempo fuera de Buenos Aires; de lo contrario, como esas ruinas de las que cuenta Borges, uno puede llegar a desintegrarse o, lo que es más grave, a convertirse en apátrida para siempre”.
Traté de hallar una tesis para refutar esa sospechosa sentencia, pero me quedé perplejo al ver cómo, al alejarnos de la campaña, el guía recobraba sus olvidadas formas, mientras las mías se volvían ambiguas en el aire.
Según entendemos, en el siglo XIX la ciudad que hemos dejado atrás fue premiada por plagiarle el plano urbano a Baltimore. “Era una época en la que se daban premios por diversos logros”, explica el ciudadano- “Yo nací aquí, cien años más tarde”- apunta, mintiendo, dado que sabemos que no cree en la existencia de rioplatenses más allá de los yermos ejidos que rodean la muralla de la General Paz- “luego, me mudé a otra ciudad a la que amenazan darle un premio si se deshace de los carteles publicitarios vulgares y termina algunas obras céntricas inconclusas”.
Es verdad que La Plata tiene hermosas plazas, una interesante variedad de estilos arquitectónicos, que van desde el bizantino hasta el neogótico y que, de vez en cuando, hay algún recital de piano, trato de replicarle, pero en La Plata ya no se ve el horizonte. Con rápido artilugio me objeta: “Pero las torres que lo ocultan demuestran que todavía hay inmuebles para alquilar, por ejemplo”
Buenos Aires empieza a imponerse mucho antes de llegar a su ancha muralla construida de automóviles en plena carrera. Esta metástasis de húmedo hormigón, diría más tarde el guía rioplatense, demuestra la expansión de la Argentina sobre las bárbaras estepas y los desiertos lejanos. Me resulta arduo rebatirlo por completo: no han sido pocas las ocasiones en las que creí ver sobre el vastísimo llano la sombra cuadriculada que proyecta la nación porteña. Las vías por las que viajamos no son otra cosa que una cuerda tendida desde el puerto para alcanzar de un solo disparo los lugares más apartados: es la cuerda que estrangula las tierras que no se ven.
Con mis últimas fuerzas encuentro evidencias para impugnar las ambiguas creencias de mi compañero de recorrido. Le Corbusier señaló alguna vez que Buenos Aires no tenía arreglo. Mi ingenuo guía tal vez nunca lo meditó, pero si la Argentina es Buenos Aires y Buenos Aires no tiene arreglo, entonces la Argentina no tiene arreglo: un silogismo simple, que no seré yo quien se lo enseñe.
Es verdad que La Plata tiene hermosas plazas, una interesante variedad de estilos arquitectónicos, que van desde el bizantino hasta el neogótico y que, de vez en cuando, hay algún recital de piano, trato de replicarle, pero en La Plata ya no se ve el horizonte. Con rápido artilugio me objeta: “Pero las torres que lo ocultan demuestran que todavía hay inmuebles para alquilar, por ejemplo”
Buenos Aires empieza a imponerse mucho antes de llegar a su ancha muralla construida de automóviles en plena carrera. Esta metástasis de húmedo hormigón, diría más tarde el guía rioplatense, demuestra la expansión de la Argentina sobre las bárbaras estepas y los desiertos lejanos. Me resulta arduo rebatirlo por completo: no han sido pocas las ocasiones en las que creí ver sobre el vastísimo llano la sombra cuadriculada que proyecta la nación porteña. Las vías por las que viajamos no son otra cosa que una cuerda tendida desde el puerto para alcanzar de un solo disparo los lugares más apartados: es la cuerda que estrangula las tierras que no se ven. Con mis últimas fuerzas encuentro evidencias para impugnar las ambiguas creencias de mi compañero de recorrido. Le Corbusier señaló alguna vez que Buenos Aires no tenía arreglo. Mi ingenuo guía tal vez nunca lo meditó, pero si la Argentina es Buenos Aires y Buenos Aires no tiene arreglo, entonces la Argentina no tiene arreglo: un silogismo simple, que no seré yo quien se lo enseñe.
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