“I account it high time to get to sea as soon as I can”
Herman Melville -Moby Dick.
Hemos tomado la sombría avenida Uno durante una noche invernal del Meridiano y, tal como marchamos, evitando callejones que conducen al Bosque del área este de la ciudad, podremos embarcarnos sobre una bruma de solidez lacustre. No debe asustarnos que a nuestro paso, algunos nadadores rezagados que han descendido del tren, algún tramo más adelante de nuestro río de nieblas, hayan pasado junto a nuestra barca sin notarnos: se han zambullido en estas neblinas sin remedio en la estación de trenes, nuestro destino, cuando la Uno se encuentre con la Cuarenta y cuatro. Allí nos espera el primer puerto si, cuidándonos de no doblar a la derecha y entrar fatalmente en el Bosque, un monumento de estilo clásico-romanticista francés, que terminó allí por error, se quita su tocado de nieblas.
Nos alejamos y, detrás de ese velo mortecino de la mañana platense que -según Bioy Casares- ha favorecido tanto a los fotógrafos, se nos declara la abovedada estación. Según me cuenta nuestro guía, mientras me conduce a la boletería, este edificio tan notoriamente europeo halló plaza en La Plata al mezclarse los planos de dos estaciones encargadas al mismo arquitecto. El otro plano, el de una estación de estilo neo-colonial, terminó en una pequeña ciudad francesa, por error; allí se levanta, hasta hoy, la estación preparada para La Plata.
De algún modo, se me ocurre, fue un error dichoso: un edificio de figura colonial hubiera sido una letal discordancia en una ciudad erigida completamente según cánones europeos, tan aislada del pasado colonial. La anónima villa francesa tal vez haya tenido menos suerte en ese aspecto; pero no mucha menos que esta ciudad, que no se demoró en montar sus propias discordancias arquitectónicas. Nuestro guía lo ilustra mostrándome una serie de torres con forma de caja de zapato que emergen de entre las obras clásicas. Con cierta consternación le doy la razón a mi compañero: los edificios nuevos son como la interrupción de una misión de la vieja ciudad, un mensaje entrecortado y confuso. Pero él es más optimista; pide dos boletos a un sitio llamado Plaza Constitución y argumenta que esas cajas de zapato son la prueba del triunfo de la ciudad latinoamericana sobre la ciudad europea.
En el tren, me insta a que no me impaciente. “Acomódese, no estamos lejos de la Argentina, llegaremos en lo que usted se descuida”. Durante el corto viaje me inquirí más de una vez sobre qué podía significar eso de no estar muy lejos de la Argentina, en qué país podíamos haber estado hasta entonces o si sería necesario presentar algún pasaporte. Pero entonces recordé lo que suelen decir a este lado del Río de la Plata: que la Argentina termina en Buenos Aires. Allí nos dirigíamos, a la Argentina, a Buenos Aires, a donde se aborda y se sale de un país muy vasto. Tal vez mi guía tomaba muy al pie de la letra esa idea. Decidí, al llegar a Plaza Constitución, nuestro puerto de entrada a la Argentina, comenzar a contrariar las guías de mi guía.

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