miércoles, 16 de marzo de 2016

Un paraíso para los enemigos

“Se puede tener más de un amigo, más de una amiga? ¿Cuántos?
¿Qué hay de la igualdad, de la alteridad y de la justicia a este propósito?
Con el «más de uno» y «más de una» comienza quizá la política "

Jacques Derrida



En el juego de la comunidad los amigos no parecen tener alguna razón de ser, es más bien un juego de enemigos: enemigos internos, enemigos externos, de posibles enemigos, de enemigos útiles. La comunidad de los enemigos no es la comunidad hobbesiana de todos contra todos, no es el ciudadano enemigo del ciudadano, sino la de los enemigos que aguarda la llegada del enemigo. La tarea de esta especie de quirite es la de configurar una puerta osmótica, selectivamente permeable, por la que el enemigo, de vez en cuando, entre y defina la comunidad. Ser enemigo sin atacar, esa parece ser su búsqueda, a través de la rivalidad, la cualificación espacial y funcional y, también, de una sutil neutralización. “No es posible destruir la comunidad”, dice Esposito, “porque también esa destrucción sería una modalidad de relación interhumana”1. Es ahora la enemistad legítima y no el exterminio: una comunidad compuesta por enemigos fríos, expectantes, inertes, distantes e indiferentes. Entonces, la anulación del prójimo, siguiendo a Virilio, como condición del confort podría consistir en conectar al enemigo a la mensajería instantánea, modelándolo hasta volverlo confiable. La evolución de la comunidad podría haberse orientado de ese modelo de la ciudad antigua, con su gran puerta, a uno donde habría muchas puertas invisibles, virtuales, móviles. El otro: ese es mi legítimo enemigo, al que liquidaré a través de una inocente pero vital táctica de desmoralización: añadirlo a mi lista de contactos del celular.

1 Op. Cit. Pág. 156

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La Paradoja de la frontera


Campañas, invasiones, grandes aldeas portuarias, carreteras perdidas en la tierra hacia las canteras, latrocinios, masacres, inmolaciones, ciudades erigidas para los esclavos y los presos y estrías invisibles sobre la tierra: la frontera surge como sitio ideal para una nueva definición de la comunidad, es un lugar de filtraciones y de infiltraciones, el límite permeable. Los escritores norteamericanos, Mark Twain, Hawthorne, Melville, supieron captar lúcidamente la potencia que reside en alejarse del contexto de las reglas comunes y el encuentro con ese límite. Sin embargo, el dilema de la frontera, también bajo un canon norteamericano, asoma con la llegada de algún turbio fundador, pionero devenido en gendarme y buhonero. Es el avance planificado hacia la frontera con la reducción de las contingencias: la frontera como no-lugar, como destino invisible. La forma es impresa antes de llegar; ese es el verdadero cierre de la frontera: el fin de la promesa de tierra sin fin.

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martes, 15 de marzo de 2016

El Lugar del no-lugar


El ostium, también el muro en cierto sentido, se ha corrido hacia el Estado y del Estado al ciudadano, acatando su propensión al outopos. Paradojicamente, las fronteras estatales se desplazan hacia los límites de las ciudades, como si estas tuvieran todavía límites. Una trama de policiaje y ciudadanía en regla son las disposiciones de la sinoiké actual, su límite. Lejos de todo azar, la promesa de tierra infinita quizás enterró los nombres de muchos secretos aventureros. Esa promesa de tierra es la que pudo mantener a cualquier prudente pionero timoneando su nave a juiciosa distancia del continente virgen. Esos nombres sepultados en el naufragio y la indiferencia de la metrópolis colonizadora, apuntan algo sobre la realidad heterotópica de la colonización de las tierras vacías y la singularidad de la vida colonial de tierra adentro. El mundo de tierra adentro ¿qué otro mundo podrá ser que el encomendado a ultramar? A distancia del litoral hay incontables mundos por erigir, pero al desembarcar sólo queda uno por fundarse.

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lunes, 14 de marzo de 2016

Olvido y cristalización de la comunidad


El nazismo de Heidegger, según Esposito, no es más que “el intento de dirigirse a lo propio, separarlo de lo impropio, hacer hablar afirmativamente a su voz primigenia, atribuirle un sujeto, una tierra y una historia, una genealogía y una teleologia”. La comunidad terminada es la comunidad de la identidad cristalizada, donde el ostium da variables formas al hostis y al hospes. El extranjero encarna aquello que el ostium selecciona como amigo una vez, como enemigo otra: la apertura o la obstrucción del ostium finalmente establece la seriedad del sacrificio al extraño. Cuando decimos que nuestro “propio” sólo consiste en la conciencia de nuestra “impropiedad”1 entendemos que la comunidad terminada, cerrada sobre el modelo de “una comunidad nacional inspirada en fines idealistas”2, como ansiaba Hitler, o en el paradigma de la tierra ancestral, es la del exterminio de lo no incluido, es decir, de lo que ha filtrado el ostium. La partida se confunde con el peregrinaje mismo:“la comunidad no está ni antes ni después de la sociedad. No es lo que la sociedad suprimió, ni lo que ella debe proponerse como objetivo. Así como no es resultado de un pacto, de una voluntad o de una simple exigencia que los individuos comparten. Pero tampoco el lugar arcaico del que ellos provienen y que abandonaron”3. El extraño es amigo de la búsqueda, que es preciso abandonar si la meta es clausurar la comunidad. Lo común está delante, es la inquietud común sobre lo posible: en ese sentido, quizá sea errar en común lo que nos congracie con nuestro enemigo.

1Roberto Esposito, Op. Cit. Pág. 161
2Hitler, Adolf, “Mi doctrina”, Buenos Aires, Temas Contemporáneos, 1985.



3Roberto Esposito, Op. Cit. Pág. 156


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domingo, 13 de marzo de 2016

El extranjero y el estereotipo vulgarizado



-¿A qué casta perteneces? ¿Dónde tienes tu casa? ¿Vienes de muy lejos?-preguntó Kim.


Rudyard Kipling -Kim.

Los estereotipos se integran fácilmente al paquete de imágenes de un pueblo gracias a la pre-digestión por la que suelen pasar. Completas tipologías se han delineado con la meta de unificar y separar naciones. Los bárbaros y los salvajes fueron la etiqueta clásica, pero podríamos con otras algo más sutiles, por lo invisibles. El estereotipo parece perder impulso cuando los muros que nos separan del fores caen, pero es sólo una apariencia: el estereotipo es el nuevo muro.
Derrida dice que “la hospitalidad pura consiste en acoger al arribante antes de ponerle condiciones, antes de saber y de pedirle o preguntarle lo que sea, ya sea un nombre o ya sean unos 'papeles' de identidad”. En este sentido, debemos entender ostium como la señal de cierta porosidad del muro urbano que permite la filtración y el intercambio con lo de afuera. Pero hay a otra derivación que tiene a ostium como un antecedente de ostia, el sacrificio. Primero es el peregrino, el extranjero, aquel por quien están las puertas en la ciudad, para arribar a “hostia”, la víctima de una expiación: un laberinto que lleva finalmente a la inmolación del forastero, que es ofrecido como víctima propiciatoria a los penates. Si fores también se presentaba como puerta era para darle nombre al forastero y al foráneo, y también a la foresta, al bosque, donde viven los bárbaros; fores no es tanto la puerta como lo que hay más allá de ella. El ostium da las licencias para que el fores se aproxime.
“Pero también supone que nos dirijamos a él, singularmente”, continúa Derrida,“que lo llamemos, pues, y le reconozcamos un nombre propio: '¿Cómo te llamas?'. La hospitalidad consiste en hacer todo lo posible para dirigirse al otro, para otorgarle, incluso preguntarle su nombre, evitando que esta pregunta se convierta en una 'condición', una inquisición policial, un fichaje o un simple control de fronteras.” El destino del hiwi, en su situación ya no ingrata pero aun no grata para los nuevos amigos y la absolutamente ingrata para con los viejos, oscilaba entre el desprecio y el fusilamiento. Un híbrido interesante que vivía en el borde, hecho también de borde. Pero lo mas interesante del hiwi no es la delación, ni la traición a la patria, ni el supuesto apego por el enemigo, sino ese salto a recibir ordenes en una lengua que no comprende. Allí reside la hostilidad genérica con la que chocaba donde fuera a ofrecer su ayuda. Es la misma hostilidad que halla el extranjero al que recibimos en nuestra propia lengua: ambos heridos por la palabra incomprensible .1
Los rasgos indeseables de un pueblo son divulgados con facilidad cuando es otro pueblo el que lo tipifica y hasta le da un nombre. El estereotipo acude como medio de la supresión de lo inesperado. Así, una nación que se define a sí misma como inuit, “el pueblo” en su propia lengua, es conocida como “la que devora carne cruda”, que en la lengua de sus vecinos Cree ofrece una incierta etimología para “esquimal”. Kipling, en un breve dialogo de Kim, ofrece un modelo de este género de lugares comunes basados en poner nombres que se vacían más tarde en un sospechoso consentimiento general:
“Los sacerdotes desconocidos se comen a los niños- susurró Chota Lal.
-Y además es un extranjero y un but-parast- dijo Abdullah, el musulmán.
Kim se echó a reír.
-Lo que sucede es que acaba de llegar. Corre a esconderte entre las faldas de tu madre para no pasar miedo.”2
El estereotipo vulgarizado consiste en formas fijas que se divulgan y se integran al sentido común. El miedo y la ansiedad, antes encarnado en la expresión “Hannibal ad portas”, además es el miedo y la ansiedad ante el inmigrante invasor, exhaustivamente elaborado por el estereotipo común. “Existe un género de 'extranjería”, dice Simmel, “en el cual está excluida la comunidad a base de algo general”. Se trata de esa tensión negativa entre cercanía y distancia que indica que “nuestra relación con él es una no-relación”3. ¿De donde proceden estas ideas fijas? Lo vulgar y lo común. En algún lugar debe producirse el encuentro entre lo divulgado y lo comunitario, lo vulgarizado y lo común.


1 “Acoger al otro en su lengua es tener en cuenta naturalmente su idioma, no pedirle que renuncie a su lengua y a todo lo que ésta encarna, es decir, unas normas, una cultura (lo que se denomina una cultura), unas costumbres.” Derrida, Jacques, Op. Cit.
2Kipling, Rudyard, "Kim", Alianza editorial, Madrid, 2003
3 Simmel, Georg, "Sociología: Estudios sobre las formas de socialización", Buenos Aires Espasa-Calpe Argentina, 1939. Pág. 278



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Sinoiké planificada




La tradición occidental dispone de una serie de mecanismos para renunciar a las cualidades del fores. En el Edad Media, cruzar las puertas para quedarse suponía, muchas veces, renunciar a cualquier otra pertenencia anterior, pertenencia de tribu o de clan, pertenencia a los que viven en los bosques y cazan o pescan o andan a caballo, renunciar para formar parte del ayuntamiento de la ciudad. En la Edad Media, era la coniuratio, de la que Weber se expresa claramente, pero en la antigüedad ya eran conocidos estos mecanismos, como en el sinoicismo helénico. La condición de la ciudadanía era entonces, igual que ahora, el olvido. Las ciudades asomaban un principio de cristalización de la comunidad, que se iría disipando con el derrumbe de las murallas y la apertura a los conurbanos. Paradójicamente, hoy la captura es mas realizable fuera de las laberínticas ciudades. 


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viernes, 11 de marzo de 2016

Programática


La condición de la vida en la comunidad actual quizás haya dejado de ser la velocidad: como todo lo decisivo puede hacerse a distancia se busca otro tipo de precisión. La escena de la vida tiene un malicioso remate en el ajuste a una comunicación permanente. El morador urbano se debate entre quedar inacabado o ser completado por un tejido de utensilios inteligentes: otra forma del viejo determinismo de la planificación, que conocemos desde la expansión de Roma. La formación de los estados y sus variantes más o menos abstractas de las naciones, ha sido cruzada por innumerables vectores de programación en este hemisferio; las políticas de la anticipación: programas para definir qué pueblos forman una raza, qué razas forman un pueblo, qué raza es una raza y no una degeneración de la naturaleza, qué pueblos se quedan adentro y cuales se van afuera o al otro mundo, todo por anticipado.

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