sábado, 20 de febrero de 2016

Promesa del conquistador al hambre del pionero

La Fortuna debe custodiar a los viajeros. Desde una crujiente balsa vislumbro la playa yerma y negra, una galería de bosques y, detrás, vedada a la vista, una promesa de tierra infinita. Es esta promesa de tierra la que me mantiene timoneando la armadía a prudente trecho de la costa.
Al dormir sueño con batallas: amigos me traicionan y enemigos se vuelven mis amigos. Me resigno a tolerar asedios, como las ciudades antiguas, pero desde la ciudad en mi balsa. No puedo imaginar ningún futuro.
Pero otros tripulantes, reclinados en la desvencijada cubierta, heridos por mi firmeza de no atracar, descreen de que en el agua estemos a salvo, de que mientras estemos a esta discreta distancia del litoral tendremos innumerables mundos por fundar, pero que al desembarcar sólo lograremos fundar uno, el mismo de ultramar, el encomendado antes del naufragio: el mundo de tierra adentro.
Ellos planean campañas, invasiones, asaltos, aldeas llenas de cautivos y animales de tiro, rutas sin término entrando en la tierra hacia el oro y las canteras, saqueos, matanzas, crucifixiones, metrópolis portuarias y surcos sobre el terreno, surcos indelebles. Se les inflaman los ojos al pensar en ciudades fundadas para ser destruidas y ciudades fundadas por su misma destrucción. Mi timón zozobra sobre las olas de este extraño mar de agua dulce, frente a orillas prohibidas, en el que mis insensatos compañeros ven flotar limaduras de plata y exclaman: “Atraquemos este ruinoso maderamen en esas playas ¿nos ves que brillan como la plata?”
Estirpes numerosas se acumulaban en la ribera, en ese puerto vedado a nuestra balsa, ignorados ganaderos con sus feroces tropillas y aves que heredaron vigoroso aleteo. Mis compañeros, inexpertos, se levantan para verlos. “Allá están- piensa- tal cómo los vislumbré”. Poblaciones enteras de perversos delatores siguen llegando a las barrancas de nuestro abismo fluvial. Los irreflexivos recuperan el aliento, se yerguen sobre los malogrados miembros. Contemplar no les basta ya y olvidan la inanición y el agotamiento. Llegan piratas del pasado, opacos visionarios, aventureros devenidos en guardias de tierra adentro, soldados convertidos en tenderos, héroes reducidos a mercachifles, extraños paisanos que emergen de las praderas sin fin. Es el verdadero naufragio: el fin de la promesa de tierra sin fin.



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