domingo, 28 de febrero de 2016

El espejo Oriental o el lado amable del Plata

"Puerta falsa en el tiempo, tus calles miran al pasado más leve.
Claror de donde la mañana nos llega, sobre las dulces aguas turbias.
Antes de iluminar mi celosía tu bajo sol bienaventura tus quintas.
Ciudad que se oye como un verso.
Calles con luz de patio."


Jorge Luis Borges –Montevideo
 

De la mirada de los turistas más distraídos que visitan la Argentina se podría deducir que lo mejor de Buenos Aires son los uruguayos. Conozco a algunos que han tomado sus aviones y sus barcos y sus naves espaciales de vuelta a sus países y planetas con una inmejorable impresión del espécimen porteño; la razón: los uruguayos de la ciudad, tan atentos con los turistas perdidos y tan pacientes con los que hacen consultas que irritarían al más Zen de los porteños. Uruguayos y argentinos, ciudadanos de un alargado reino litoral, comparten el mismo vocabulario y un fenotipo perfectamente confundible, en el que un rancio alquimista mezcló en distintas proporciones a italianos, españoles, portugueses y franceses, con una pizca más de africanos para el Uruguay y un toque de vanidad europeizante para la Argentina, que hacen que los primeros, al rondar las calles de Buenos Aires, sean una excelente propaganda para los segundos.



La Argentina es un gran pueblo sustentador de grandísimas fábulas. La leyenda de las Pampas como esencia del carácter nacional y otros esencialismos típicos, como el del tucumano cleptómano y el cordobés embaucador, la vieja y complaciente alegoría de la Australia americana o el Canadá sureño, hasta llegar al curioso dialogo entre olavarrienses y azuleños, separados por el arroyo del Azul, llamándose unos a otros “uruguayos”, están entre los tipos más inocentes de nuestra mitología. Pero como todos los ríos, el Plata, tiene dos orillas, aunque no se vean. Hay una orilla azul del otro lado, una playa luminosa y cordial llamada Uruguay, de donde viene y a donde va esa generosa estirpe que cuida a nuestros turistas, nativos con acentos que van del entrerriano al porteño y son parte de una gran nación tácita, de un país secreto, implícito en las cuencas y las franjas de agua que serpentean lentamente y recuerdan viejas barcazas en las que se murmuraba el español y el portugués, y a otras más nuevas navegando con voces en inglés, en gallego, en occitano, en mapuche, quechua y guaraní.
 
 En teoría, soy un ciudadano uruguayo, casi tanto como argentino. Mi nueva hipotética nacionalidad, desde una vez que se me extravió el documento de identidad, podría ser llamada mercosureña, con un poco de esfuerzo. Pero no es ese el lazo que me liga al país trans-platino, sino la de ser deudores de una comunidad de lenguas que me convierte en uno más, del mismo modo en que convierte en uno más a cada uruguayo que pisa suelo argentino.

Parte siguiente: Breve busca de lo afro-rioplatense

No hay comentarios:

Publicar un comentario