No hay enigma detrás la arquitectura contemporánea, es transparente, no hay un detrás de ella; se trata de la distancia justa y necesaria, sin reservar nada para después, tampoco hay después. Su intención es, no obstante, mostrar más de lo que hay. Es modesta, pero no moderada: su presencia como arquitectura sólo se manifiesta, cómo cuerpo sólido y autónomo, mediante gestos cautelosos, microscópicos mensajes publicitarios alusivos a sus propias técnicas de elaboración: detrás de las piezas visibles de maquinaria y del nombre de la firma que lo fabricó, tal vez encontremos el sencillo y translúcido elevador de un centro comercial. Los únicos mensajes duraderos están restringidos a la información objetiva; eso está allí, dicen los mensajes. El caso del elevador se transcribe en los abrumadores anuncios que bordean las autopistas interurbanas: el contenido de estos es el centro de un detallado examen previo, a través de numerosos rastreos se evita tropezar con tal o cual condición de usuario
Desde el reloj de pulsera hasta las mega-estructuras cristalinas de bancos, oficinas e hipermercados, se han desplegado verdaderos mecanismos de alineación, en los que la clave es la exposición y el control permanente. Pero la validez del control no está asegurada por esta exposición que permiten las paredes transparentes de la ciudad, sino por la pauta de sujeto que produce esta configuración intangible: el gran hallazgo del ahorro es que allí donde se lo puede ver bien, es donde está lo que todo el mundo quiere.
La arquitectura no divide porque en nuestras sociedades todo es continuo y debe expresar esta continuidad de estantería comercial. La meta de la arquitectura actual es “construir las secciones del hipermercado social”, dice Houllebecq. Que ya no haya una arquitectura demarcadora no indica que haya más libertad; se trata de ordenar un espacio impreciso, vago, para que pueda producirse cualquier clase de traslado o despliegue.
La nueva arquitectura, transparente, señalizada, resultado de esa exhaustiva gestión propagandista, que el usuario está lejos de sentir como una exigencia arbitraria, en principio, formula que la vida es dirigida por una extensa trama publicitaria. Una publicidad que engendra criaturas temerosas de los peligros urbanos, que no dudan en volverse soplonas de la publicidad en favor del confort.
El confort se lleva a cabo anulando al prójimo, conectándolo al Messenger, por ejemplo, modelándolo hasta volverlo confiable. El otro: ese es mi enemigo interno al que puedo aniquilar mediante un inocente pero decisivo artilugio de desaliento: agregarlo a mi lista de contactos del celular. Cuando los medios de vida están exageradamente estereotipados sólo se expresan los elementos de la herencia humana que se adaptan al contexto predominante. La arquitectura contemporánea personifica ese vivir en ningún mundo; no representa al usuario de minicomponentes gigantes que en los 90 alardeaba del Pioneer que decoraba su departamento frente al Central Park, sino al discreto usuario de Ipods y minúsculos celulares del siglo XXI: ese estar conectado constantemente, ese estar informado acerca de nada, es la forma más optimista de destrucción del mundo, de modos posibles y desconocidos de mundo. Si algún día llego en buque al puerto de Buenos Aires estaré advertido de eso.
Parte previa: La condición de la vida en la ciudad o el nuevo usuario del mundo
Desde el reloj de pulsera hasta las mega-estructuras cristalinas de bancos, oficinas e hipermercados, se han desplegado verdaderos mecanismos de alineación, en los que la clave es la exposición y el control permanente. Pero la validez del control no está asegurada por esta exposición que permiten las paredes transparentes de la ciudad, sino por la pauta de sujeto que produce esta configuración intangible: el gran hallazgo del ahorro es que allí donde se lo puede ver bien, es donde está lo que todo el mundo quiere.La arquitectura no divide porque en nuestras sociedades todo es continuo y debe expresar esta continuidad de estantería comercial. La meta de la arquitectura actual es “construir las secciones del hipermercado social”, dice Houllebecq. Que ya no haya una arquitectura demarcadora no indica que haya más libertad; se trata de ordenar un espacio impreciso, vago, para que pueda producirse cualquier clase de traslado o despliegue.
La nueva arquitectura, transparente, señalizada, resultado de esa exhaustiva gestión propagandista, que el usuario está lejos de sentir como una exigencia arbitraria, en principio, formula que la vida es dirigida por una extensa trama publicitaria. Una publicidad que engendra criaturas temerosas de los peligros urbanos, que no dudan en volverse soplonas de la publicidad en favor del confort.
El confort se lleva a cabo anulando al prójimo, conectándolo al Messenger, por ejemplo, modelándolo hasta volverlo confiable. El otro: ese es mi enemigo interno al que puedo aniquilar mediante un inocente pero decisivo artilugio de desaliento: agregarlo a mi lista de contactos del celular. Cuando los medios de vida están exageradamente estereotipados sólo se expresan los elementos de la herencia humana que se adaptan al contexto predominante. La arquitectura contemporánea personifica ese vivir en ningún mundo; no representa al usuario de minicomponentes gigantes que en los 90 alardeaba del Pioneer que decoraba su departamento frente al Central Park, sino al discreto usuario de Ipods y minúsculos celulares del siglo XXI: ese estar conectado constantemente, ese estar informado acerca de nada, es la forma más optimista de destrucción del mundo, de modos posibles y desconocidos de mundo. Si algún día llego en buque al puerto de Buenos Aires estaré advertido de eso.
Parte previa: La condición de la vida en la ciudad o el nuevo usuario del mundo

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