Eran los soplos del mediodía, hora en que los espíritus se ponen inestables y las aves acuáticas buscan lagunas. Reposaba los huesos a la orilla de una cañada, luego de un largo peregrinaje en la planicie, hundido en graves ensueños civilizadores, cuando una caravana de unos quinientos jinetes y carretas cortó en dos, como si de una larga embarcación se tratara, el verde mar de pastos.
Tras un prolongado altercado que los detuvo a prudente marcha de mi puesto, el gentío se escindió y un grupo se apartó hacía el oeste de la cañada, tratando de clavar una pala en la tierra. Este extraño ritual me inquietó excesivamente como fiel agente de la civilización. Sospeché con terror que ensayaban la fundación de un pueblo, allí donde yo me proponía hacer lo mismo ¡Y con esas supercherías! ¡Con esa herética liturgia de la pala! ¿Cómo podía consentírselos? ¿Cómo podía impedírselos? El otro grupo, les salió al encuentro; la tosca comedia parecía concluir ahí, según observé con infundada ilusión; sin embargo, un pionero tan joven y ágil como insolente tomó la pala y se fugó con ella, perseguido por los más viejos, a los que me uní en vigorosa carrera. Finalmente, lo asediamos y lo arrojamos al suelo, pero la pala ya estaba incrustada en la tierra, sellando el centro de una nueva población.
Todavía procuro explicarme cómo llegué a aceptar, con la misma sumisión de aquella singular caravana, el veredicto de una torpe pala.
Tras un prolongado altercado que los detuvo a prudente marcha de mi puesto, el gentío se escindió y un grupo se apartó hacía el oeste de la cañada, tratando de clavar una pala en la tierra. Este extraño ritual me inquietó excesivamente como fiel agente de la civilización. Sospeché con terror que ensayaban la fundación de un pueblo, allí donde yo me proponía hacer lo mismo ¡Y con esas supercherías! ¡Con esa herética liturgia de la pala! ¿Cómo podía consentírselos? ¿Cómo podía impedírselos? El otro grupo, les salió al encuentro; la tosca comedia parecía concluir ahí, según observé con infundada ilusión; sin embargo, un pionero tan joven y ágil como insolente tomó la pala y se fugó con ella, perseguido por los más viejos, a los que me uní en vigorosa carrera. Finalmente, lo asediamos y lo arrojamos al suelo, pero la pala ya estaba incrustada en la tierra, sellando el centro de una nueva población.
Todavía procuro explicarme cómo llegué a aceptar, con la misma sumisión de aquella singular caravana, el veredicto de una torpe pala.
Parte previa: Promesa del conquistador al hambre del pionero

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