La iconografía cristiana había sido influida por imágenes etruscas, filtradas antes por el culto romano, colmadas de dioses con dientes y cuernos, llenas de facilidades visuales. A partir del siglo III empieza a propagarse una colección de imágenes cristianas identificadas con motivos corrientes en el arte latino. Una vez privada de referencia, la imagen asiste a la primera forma de su profanación: la brusca caída a lo moral, el frecuente uso de grabados infernales para asustar niños en una era posterior. Asaltada América en el siglo XV y desembarcados los autores espirituales del asalto, se emprende la misión de limpiar de ídolos a los guaraníes y relevarlos con iconos del credo latino. Los guaraníes rendían pleitesía a los huesos, de los chamanes así como de los niños. Podemos ver allí el origen de uno de los santos populares que logró mayor difusión en la región, aun después de la evangelización y, todavía más, tras la retirada de los frailes. Se trata de San Justo el Señor de la Buena Muerte, encarnado en una pequeña figura esquelética agazapada, como los indios americanos sepultaban a los muertos, con una guadaña sobre la espalda en una actitud que nos tienta a vincularla con La Parca de la tradición grecorromana. Lo usual era tallarlo en hueso o plomo, pero se confiaba en que sus facultades aumentaban si los huesos eran falanges de niños difuntos luego del bautismo o si el plomo era fundido de balas autoras de alguna muerte.
Los jesuitas lidiaron intensamente con el culto a este santo y, desde entonces, su devoción debió subsistir furtivamente; pero, algunos elementos aborígenes aislados resistieron guardando signos que, pese a aceptar influencias católicas, muestran rituales en severo contraste con el dogma oficial. Esta imagen, al mismo tiempo reverenciada y temida, se estableció en el eje de una religión sincrética que existe junto al calendario romano corriente.
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